Hace algunos años el señor Andérica hizo activas gestiones para que en la fachada de la Audiencia se colocara una lápida en memoria del Señor del Gran Poder, cosa que no pudo conseguir.
LXII
MANOLITO GÁZQUEZ
«Hasta tiene á Manolito Gázquez, cuyas hipérboles graciosas han dado la vuelta á España, y parece que forman las bases de la riqueza anecdótica nacional.»
B. Pérez Galdós.
Hé aquí un sevillano cuyo nombre es conocido en toda España, y del cual se cuentan los sucesos más graciosos y estupendos, haciéndolo autor de todas las embusterías y despropósitos que pueden imaginarse.
El tipo de Gázquez es ya tradicional, y bien merece que á su memoria consagremos algunos párrafos, utilizando los únicos datos auténticos que conocemos de tan original personaje.
El vulgo, con sus exageraciones, ha desfigurado hasta tal punto al hábil velonero, que sus ingeniosidades y donaires se han convertido en absurdas y sandias chocarrerías.
Manolito Gázquez, como todos le llamaban, poseía una imaginación fecunda y rica, y «si hubiese recibido educación literaria,—escribe el Deán López Cepero, que llegó á tratarlo,—si hubiese cultivado las dotes que le dió la naturaleza, en vez de la fama ridícula que ha dejado de embustero, hubiese dejado el nombre de un ingenio sobresaliente.»
Y así era en efecto: Gázquez nació en modesta esfera y de ella no logró salir en su larga vida, siendo tan limitadas sus aspiraciones, que, á pesar de las muchas personas de talento y posición que frecuentaban su casa, ni pidió nada á ninguna, ni obtuvo el menor beneficio positivo.
El taller y tienda donde nuestro sevillano trabajaba y vendía sus velones y demás objetos de metal estaba situado en un humilde edificio de calle Gallegos, donde diariamente se juntaba una tertulia que escuchaba con el mayor placer los cuentos y gracias del dueño de la casa.