Era éste según dicen de mediana estatura, grueso y mofletudo, y su rostro bonachón y sonriente expresaba en medio de su burda sencillez algo de la más discreta y sazonada malicia.

Español neto, y andaluz en todos sus gustos, aficiones é ideas, podía servir de modelo para trazar el tipo popular de su época. Como gran devoto, todas las noches acompañaba á los rosarios que salían por las calles, tocando el fagot, instrumento en cuyo manejo se preciaba de hábil; y tanta era su afición á las corridas de toros, que ningún lunes de la temporada dejaba de asistir á su asiento de cajón, desde el cual daba lecciones á los diestros, de quien era gran amigo, y muy particularmente de José Delgado, Illo, á quien censuraba con la mayor energía si alguna suerte no le parecía bien concluída.

Nació Gázquez á mediados del siglo XVIII, y se crió en medio de las mayores privaciones; al cabo de muchos años de trabajo pudo verse dueño de una tienda, y entonces se casó con una mujer más joven que él y no exenta de gracia y hermosura; fué sumamente económico, aunque la echaba de hombre de rumbo; gozó de una popularidad extraordinaria, pues todos los vecinos de Sevilla le conocían, y falleció de unas calenturas á principio de Abril de 1808, cuando ya contaba una edad no poco avanzada.

Pero los años no consiguieron marchitar su inteligencia ni acabar con el buen humor que siempre tuvo, siendo hasta poco antes de caer enfermo el regocijo de los que le trataban por sus chistosos embustes, que sabía contarlos de manera que pretendiesen pasar por indiscutibles verdades.

El modo de hablar que tenía Gázquez y su pronunciación peregrina y extraña, así como el tono formal y grave que daba á sus discursos, acrecentaban la risa de cuantos le oían y entablaban con él polémicas y discusiones.

Era costumbre suya asistir por las tardes al célebre puesto de aguas de Tomares situado en las afueras de la puerta de Triana, junto á los Almacenes del Rey, y allí pasaba larguísimos ratos, pagando dos ó tres cuartos á un individuo para que le leyese la Gaceta, único papel que por entonces andaba en manos de la gente, oyendo la lectura con la mayor atención, para añadirle luego los más sabrosos y saladísimos comentarios.

Imposible es relatar aquí las anécdotas, cuentos y chascarrillos que salieron de los labios de Gázquez, y que todos conocen: reuniéndolos, aunque fuesen sólo aquellos sobre los que no cabe duda de su autenticidad, se formaría un volumen. ¿Quién no ha reído con los donosos embustes de Manolito Gázquez? ¿Quién no conoce hoy su nombre en España?

El Solitario le dedicó un precioso artículo en sus Escenas Andaluzas; D. Mariano Pina lo sacó á escena en una linda comedia, y nosotros únicamente nos hemos propuesto en estas líneas consagrarle un recuerdo y bosquejar el tipo sin las exageraciones absurdas que el vulgo le atribuye.

LXIII
EL TEATRO PRINCIPAL

«Las contradicciones que sufrió el teatro desde el siglo XVII en Sevilla darían materia á una interesante memoria.»