Velázquez y Sánchez.
En la calle de la Muela, y frente al convento de San Acasio, de la orden agustina, se construyó en 1795 un teatro, al que, por ser el más importante que tuvo Sevilla en la primera mitad del siglo, se le dió el nombre de Principal.
Durante largo tiempo los empresarios de este coliseo tuvieron que luchar con la oposición de numerosas y principales familias de la ciudad, que habían declarado guerra sin cuartel á las representaciones escénicas.
«No contribuyó poco—dice un autor—á la persecución rencorosa contra D. Pablo Olavide el tesón y formal empeño con que, siendo Asistente, afrontó en esta capital la pugna de ciertas clases y personas en odio al arte dramático, protegiendo los espectáculos líricos.»
Los fogosos sermones de algunos frailes obligaron á las autoridades á mandar cerrar el teatro en 1800, tomando por pretexto la invasión de la fiebre amarilla: y hubo un predicador famoso que aseguró que si se derribaba el teatro, jamás se vería la ciudad invadida por la peste. Cuatro años después, atendiendo el Rey á las justas reclamaciones de la empresaria, señora Sciomeri, hizo que se abriera el Principal, y en Mayo de 1808 la Junta de Gobierno volvió á prohibir las comedias, autorizadas más tarde cuando vino á esta ciudad José Bonaparte.
Entonces, y por el mes de Enero de 1810, el Ayuntamiento costeó una magnífica función de gala para obsequiar al Intruso y á los personajes de su séquito.
Permitióse en ella la entrada gratuita al público para las galerías, y se puso en escena La dama sutil, comedia entonces muy en boga, representándose también un sainete, y terminando el espectáculo con el indispensable baile nacional.
El nuevo Rey ocupó el palco del Ayuntamiento, y no el del Asistente, que era el que le estaba destinado, y tras él tomaron asiento sus consejeros Aranza, Cabarrús y Montarco, los generales Darricau y Senarmont, el Marqués de Riomilano, el Duque de Treviso y el Corregidor de Sevilla, que lo era por aquella época D. Joaquín Lendro de Solís.
Dentro y fuera del teatro se desplegó gran aparato de fuerza, ocupando los soldados invasores todos los pasillos del coliseo y un largo trecho de la calle de la Muela.
Otra función célebre se verificó en el Principal años después, y la que no nos parece importuno recordar. El viernes 11 de Octubre de 1822 entró de nuevo en nuestra ciudad D. Rafael del Riego entre las aclamaciones delirantes de sus partidarios, y la noche del siguiente día asistió al teatro, que se había adornado con banderas y trofeos, iluminándose con gran profusión y gusto.