Apenas se presentó Riego en el palco, el público comenzó á vitorearle con el mayor entusiasmo, y en uno de los entreactos la concurrencia entonó á coro el famoso himno tan popular en España, siendo escuchado con la mayor complacencia por el héroe de Las Cabezas, que tan aficionado fué á recibir muestras de simpatías en público.
En 1823 las hordas absolutistas al grito de ¡Vivan las caenas! produjeron grandes destrozos en el teatro Principal, desbaratando la maquinaria, incendiando su guardaropía y no dejando nada del rico atrezzo y mobiliario, arruinando casi por completo á Calderi, popular empresario por aquella época tristísima.
En 1833 su propietario el Marqués de Guadalcázar hizo importantísimas mejoras en el local, que se inauguró en 26 de Marzo del año siguiente con tres selectas compañías de ópera, verso y bailes nacionales.
Por aquella escena cruzaron los artistas más notables de la época: allí escucharon los primeros aplausos Arjona y Valero; allí deleitaron á los concurrentes con sus chistes de buena ley el famoso Cubas y Mariano Fernández; allí recibieron las más calurosas ovaciones Joaquina Baus, Matilde Díez y la malograda Pepa Valero, y allí, en fin, se escucharon las primeras obras de Rossini, Donizzeti y Bellini, interpretadas por cantantes tan notables como la Rafaeli, la Passerini, Samartén, Lombardi y Curti.
En el Principal se estrenaron los más notables dramas de la escuela romántica, las comedias más famosas de nuestro teatro antiguo, y aquellas inolvidables obras llamadas de magia, que tanto deleitaron al vulgo en la tercera década de nuestro siglo.
González de León describe así el interior del coliseo, según estaba en 1834:
«Consta de cuatro pisos, y tiene una altura de veinte varas. Su figura es un semicírculo, dejando en el centro un gran patio cubierto de cielo raso de madera... En el piso bajo hay catorce huecos que llaman plateas. En el piso primero, y al frente, está el palco de la autoridad... decorado de colgaduras y puertas de cristales, y por los lados veinticuatro palcos comunes. En el tercer piso hay veintidós palcos comunes, y sobre el de la presidencia y otros dos uno grande con gradas, que se llama tertulia. El cuarto piso es lo que se llama cazuela, y es el sitio destinado para sólo mujeres. En el patio, que tiene 25 varas de largo por 19 de ancho... hay trescientas treinta y siete lunetas, que son bancos con espaldar y cojines de tafilete. Al frente hay unas gradas para la entrada de los hombres. Es capaz el teatro de 1.200 personas.»
La sala estaba pintada y dorada. Cada cuerpo pertenecía á un género: uno era gótico, otro árabe y otro chinesco, de lo cual resultaba un conjunto abigarrado, que no debía ser del mejor gusto.
Entre los numerosos y curiosísimos apuntes que hemos hallado relativos al Principal, citaremos uno que probablemente será desconocido para nuestros lectores.
La noche del 6 de Setiembre de 1841 estrenóse en este teatro una ópera titulada El solitario del monte Salvaje, que despertó grandemente el entusiasmo del público y le hizo prorumpir en continuos y atronadores aplausos.