Pidió la concurrencia el nombre del autor de la partitura, y resultó ser ésta de D. Miguel Hilarión Eslava, Maestro de capilla de la Catedral, quien fué obligado á presentarse en el palco del Asistente, ya que su calidad de sacerdote le prohibía salir á escena, recibiendo una ovación franca y espontánea, que volvió á repetirse en las siguientes noches en que se anunció en los carteles la ópera del autor del Miserere.

El teatro Principal cerró para siempre sus puertas el año de 1858, después de inaugurarse el de San Fernando, y en el lugar en que estuvo se alza hoy uno de los mejores y más amplios edificios que embellecen á la capital de Andalucía.

LXIV
LA FIEBRE AMARILLA

Á medida que crecía el número de atacados de la peste y el de las defunciones, aumentaba el horror del vecindario, los apuros de las autoridades y los abusos y desórdenes.

Justino Matute.

El primer año del presente siglo no pudo ser más funesto para nuestra ciudad, pues ocurrió en él la invasión de la terrible epidemia conocida con el nombre de fiebre amarilla, y por tal suceso auguraban muchas personas infinitos males para el siglo que acababa de nacer.

Los daños que causó la epidemia fueron tantos, y tantas las víctimas que de ella sucumbieron, que Sevilla quedó en la situación más angustiosa; y como entonces no se contaba ni con los adelantos científicos, ni con los medios que hoy se cuenta para aliviar estas épocas calamitosas, pueden formarse idea nuestros lectores de lo que sería aquella invasión, comparable sólo á la peste levantina de 1649.

Á poco de iniciarse la fiebre en Cádiz, donde la introdujeron unos buques que del Norte de América venían, comunicóse á Sevilla, cuando más descuidadas estaban las autoridades, y cuando más sosegado el vecindario disponíase á pasar el estío del año 1800.

Corrían los primeros días del mes de Agosto, y una mañana empezaron á sentirse enfermos del mal algunos individuos del barrio de Triana, y casi al mismo tiempo fallecieron otros en Santa Lucía, extendiéndose la epidemia con rapidez extraordinaria por los Humeros, San Vicente, San Román y Santiago y otras parroquias.

Entonces se apoderó de los habitantes de la ciudad un miedo terrible; muchas familias emigraron precipitadamente; á la Junta Sanitaria faltáronle medios para evitar el aumento de la invasión, y todo fué en los primeros momentos confusiones, apuros y congojas.