Todavía existen algunos ancianos que lo recuerdan, y cuando traen á su memoria aquel lugar, que va en ellos unido á los plácidos ecos de la juventud perdida, se complacen en describir el célebre puesto de agua inmortalizado por la pluma del Duque de Rivas, y por el pincel de Jiménez Aranda en uno de sus más bellísimos lienzos.

¿Quién no ha visto ese drama grandioso que se titula Don Álvaro ó la fuerza del sino? En su primer acto se presenta al público el puesto de agua, donde se hallan reunidos los principales tipos que á él asistían, y donde tiene principio la exposición de la obra.

El establecimiento estaba formado por una alta estantería, un mostrador y varios bancos de madera, y mesillas pequeñas colocadas convenientemente. En la estantería encontrábanse cuatro grandes cántaras de barro, una estampa religiosa y algunas macetas de olorosa albahaca, que en estío presentaban agradable aspecto. Sobre el mostrador, limpios vasos de cristal, puestos en fila, convidaban á apagar la sed de los transeuntes, y cerca de ellos se veía la cesta de panales, las botellas con almíbar para los refrescos, las cajas con pastillas de almendras, y otros diversos objetos que se utilizaban en el servicio del público.

En la parte más elevada de la estantería, y con gruesos caracteres, había un letrero donde podían leerse estas palabras: Puesto de agua de Tomares; y la fama que dicho puesto tenía comenzó á hacer que la gente asistiese allí, convirtiendo el lugar en casino y centro donde se reunían muchas personas de las más conocidas en Sevilla á fines del siglo XVIII.

Todas las tardes de primavera y verano el dueño del establecimiento, que era un gallego bonachón y pacífico, cuando pasaban las horas de calor sofocante y empezaba á esconderse el sol, regaba la caliente tierra, quitaba las cortinas y disponía los asientos para los contertulios, que no tardaban en presentarse y formar un número regular.

Allí asistían señores de bordadas casacas y empolvadas pelucas, majos de chupetines y sombreros de queso, frailes y curas, militares retirados, comerciantes enriquecidos, y no faltaba tampoco, de cuando en cuando, algún estudiante locuaz ó algún desocupado ingenioso que amenizara la tertulia con sus dichos ó agudezas.

Diversos grupos se formaban alrededor del puesto de agua, que eran dignos de la mayor atención. En unos se leía en voz alta la Gaceta, descubriéndose todos cuando al Rey se nombraba en ella; en otro se jugaba á las damas ó al solito; en éste se conversaba sosegadamente sobre cualquier asunto de actualidad, y en aquél se pasaba el rato mirando á las buenas mozas que transitaban luciendo la gracia y el donaire natural de las hijas de esta tierra.

Uno de los concurrentes más asiduos al puesto de agua de Tomares era el célebre velonero Manolito Gázquez (de quien ya nos ocupamos), que hacía las delicias de cuantos le oían por sus ingeniosidades con visos de inocente simplicidad; otro era el diestro Pepe-Illo, que más de una vez improvisó allí alegres juergas, y pagó el gasto de todos con aquel rumbo de los toreros de otros tiempos; y también merece recordarse que allí asistían el grave Oidor Bruna, el padre Verita, el poeta Arjona y otros muchos hombres de más ó menos importancia.

La agradable vista que desde el puesto de agua se disfrutaba hacía mucho más amena la estancia en él, y á veces solían prolongarse las tertulias hasta que las campanas de la Giralda daban el toque de Queda.

Durante los días de invierno tranquilos y serenos, cuando las damas y los petimetres salían á solazarse por el Arenal, en diferentes ocasiones hacían alto en el célebre puesto, donde en aquella estación se vendían castañas, frutas secas y agua templada con sus correspondientes anises, según era tradicional costumbre.