El año 1807 el Príncipe de la Paz, patrono de la capilla mayor de dicho hospital, habíase declarado protector de la Orden de San Juan de Dios, y con tal motivo habíase celebrado en la iglesia una función solemne, colocándose el retrato de Godoy en las paredes del templo, cercano al altar mayor.

Era este retrato, pintado por D. José Cabral, una verdadera obra de arte, no sólo por su perfecto parecido, sinó por lo correcto del dibujo, la hábil combinación de los colores y lo acabado de la ejecución. En el lienzo aparecía el generalísimo vestido con un lujoso uniforme militar, cubierto el pecho de condecoraciones y bandas y en una actitud sencilla, pero que no dejaba de tener cierta majestad y arrogancia. Rodeaba el cuadro un lujoso marco con primorosas labores, en cuyo penacho se ostentaba el escudo del Príncipe.

Llegó la multitud, como decíamos, á las puertas de San Juan de Dios; allí pidieron todos la entrega del hermoso retrato, para saciar en él la rabia y el encono de que estaban poseídos.

Reclamáronse las llaves del templo al Prior, y como los comisionados para este caso tardasen en salir con ellas, el pueblo furioso entró como una avalancha en el patio del hospital, derribando la puerta de la capilla y arrancando de la pared el lienzo, que fué arrastrado á la calle entre feroces gritos de insensato júbilo.

La plaza del Salvador fué teatro entonces de una escena singular y extraña. Había cerrado la noche, y los amotinados trajeron luces de las casas próximas, aplicándolas al lienzo, que fué destrozado y convertido en leves cenizas, que disipó el viento.

Mientras acababa de perecer el retrato del favorito, sus enemigos formaron corro alrededor, escarneciendo aquella figura tan hábilmente trazada por el artista y llenándola de insultos y desvergüenzas de todas clases.

Perdióse para siempre aquel hermoso cuadro, que podía hoy ser admirado en cualquier museo, y al trocarse en humo aquel lienzo, trocábanse también en humo la grandeza y los honores de D. Manuel Godoy, cuya vida política ha sido tan calumniada.

LXX
EL CURA DE TRIANA

Los viles españoles
afrancesados,
ya han recibido el premio
de sus cuidados:
á pie caminan,
y aguardan por momentos
ver su rüina.

(Copla patriótica.)