En Febrero de 1810 Sevilla se encontraba bajo el poder de las tropas imperiales, que cometían en la ciudad los mayores desafueros, burlándose descaradamente de las capitulaciones ajustadas, conduciendo diariamente al patíbulo á cuantos hacían el menor esfuerzo para contribuir á romper aquel ominoso yugo.

Henchidos de rabia y de coraje estaban los pechos de los verdaderos patriotas, y con el mayor sigilo preparaban una conspiración terrible que, de no haberse malogrado, quizá hubiese hecho á Sevilla teatro de los episodios más gloriosos y sangrientos.

En tales circunstancias, y cuando más acalorados estaban los ánimos, repartiéronse á las personas de la población convocatorias, en las cuales se invitaba á los devotos para asistir á una gran función religiosa, que habría de celebrarse el domingo 25 de Marzo, en la parroquia de Santa Ana, para dar gracias al Cielo por la feliz venida al trono español de su majestad José I.

La sorpresa y el enojo que semejante impreso produjo pueden figurárselos nuestros lectores; y subió de punto la indignación al saberse que ni las hermandades ni el clero de Triana habían autorizado semejante conducta, y que todo era obra de un cura de la iglesia de Nuestra Señora de la O, quien, no sabiendo cómo atraerse la gracia del intruso, tuvo aquella idea imprudente y digna de la mayor censura.

D. José Areijas, que así se llamaba el presbítero afrancesado, no llegó á amedrentarse por la actitud de todos los trianeros; y contando con la defensa de los invasores, desoyó cuantas reflexiones algunos amigos llegaron á hacerle, y el día anunciado por la convocatoria dispuso con la mayor actividad cuanto era necesario para la función religiosa aplicada al buen hermano de Napoleón.

Serían las once de la mañana cuando numerosos grupos de hombres penetraron en el templo, y colocándose con el mayor disimulo en varios puntos, aguardaron á otros muchos, que poco á poco fueron entrando, y al comenzar la misa las naves de la iglesia de Santa Ana se veían completamente llenas, nó de aquel público devoto y tranquilo que diariamente asistía á los cultos, sinó de una muchedumbre inquieta y nada pacífica, cuyos rostros no eran á la verdad muy sosegados.

Continuó la misa en el altar mayor sin que nada de particular ocurriera: lanzaba el órgano sus notas armoniosas; entonaban los sochantres sus continuas salmodias, y cuando la música y los cantos terminaron, apareció en lo alto del púlpito el cura Areijas, quien, después de los latines de ordenanza, dió principio al sermón que ya tantas veces había preparado.

¡Qué sermón aquel! ¡qué palabras, qué párrafos, qué pensamientos aquellos!... Trataba de probar el buen padre de almas que á los ojos de Dios era muy agradable el reinado de Pepe-Botella, que la felicidad de España dependía de los invasores, y condenaba la guerra que se les hacía, aplicando los dictados más injuriosos á los que él llamaba traidores é ilusos empeñados en rechazar los que el Cielo había destinado para ser nuestros amigos y leales hermanos.

Á medida que avanzaba en su discurso, excitábase el cura Areijas, y manoteaba entusiasmado: ora extendía los brazos, adoptando trágicas actitudes; ora pateaba con furia y alzaba al cielo los ojos vivos y chispeantes, y ora, en fin, apretando los puños, descargaba fuertes golpes sobre la baranda del púlpito. Guardaba el concurso profundo silencio; pero cuando más embebido y fuera de sí estaba el padre, escucháronse de pronto estas palabras, que nadie supo de qué lugar del templo salían:

—¡Embustero!—dijo la voz con acento terrible;—eso es profanar la cátedra del Espíritu Santo...