Los soldados invasores penetraron por la puerta de San Fernando, haciendo alarde de sus fuerzas, con esa fanfarronería tan característica de nuestros vecinos del Pirineo. El aspecto de aquellos soldados tan bien equipados y tan arrogantes contrastaba singularmente con el de las pocas personas que acudieron á presenciar su llegada.

Al divisarse el coche donde venía José Bonaparte las campanas de la Giralda lanzaron alegres repiques, disparáronse multitud de cohetes, y el Ayuntamiento y el Cabildo salieron á saludar al Intruso al prado de San Sebastián.

El hermano de Napoleón se apeó del vehículo, y montó á caballo, colocándose al frente de su Estado mayor, y marchando precedido de una numerosa escolta de coraceros de la guardia municipal.

Era aquel día sereno y apacible; el sol brillaba sobre un cielo azulado y transparente, la atmósfera estaba limpia y despejada, todo lo cual contribuyó mucho á dar lucimiento al acto de pisar las calles de Sevilla las poderosas huestes de Bonaparte.

Entre los diversos personajes que acompañaban al flamante Monarca, á más del general Soult, duque de Dalmacia, del Barón Darica y de Senarmont, venían sus consejeros Aranza, Cabarrús, Solís, Montarco y Meléndez Valdés, el Duque de Treviso, el Marqués de Riomilano, O-Farril, Urquijo, Almenara y otros muchos hombres que hicieron importantísimos papeles en aquel tiempo digno de eterna recordación.

Toda la lujosa comitiva, vestida con ricos uniformes y rodeada de militar estruendo, pasó por las calles Nueva de San Fernando, Puerta de Jerez, Santo Tomás y Gradas.

Á la puerta de la Catedral, que estaba ricamente adornada, se detuvo José Bonaparte, siendo recibido en el atrio por el Cabildo, y después de breves minutos, en los que hubo corteses saludos y graves reverencias, se dirigió al Real Alcázar, donde ya tenían preparado su alojamiento.

Era entonces asistente de Sevilla D. Joaquín Leandro Solís, quien, deseando captarse las simpatías de los invasores, mandó colocar en los puntos más céntricos de la ciudad dos ó tres bandas de música, que ejecutaron alegres tocatas, organizando también una profusa iluminación en los edificios públicos, y obligando á muchos vecinos á que adornasen las fachadas de sus casas con ricas colgaduras.

Aquella misma tarde las tropas francesas se alojaron en los conventos de San Francisco, Santo Tomás, el Carmen y San Jacinto, y por la noche los soldados imperiales recorrieron las calles en numerosos grupos, promoviendo singular escándalo y alboroto, hasta hora muy avanzada.

El pueblo de Sevilla contempló lleno de despecho y coraje aquellas escenas, y permaneció casi todo encerrado en sus domicilios hasta el nuevo día, siendo muy escaso el número de los que demostraron la menor curiosidad por conocer al Monarca, á quien los andaluces dieron el nombre de Pepe-Botella.