Aquella tarde, que fué templada y magnífica, salió á las cinco de la casa Ayuntamiento la comitiva que iba á dar lectura á la Constitución, dirigiéndose á un amplio tablado que se había construído en el centro de la plaza de San Francisco.
Colocáronse en el tablado, el alférez mayor don Lope Olloqui, que conducía el pendón de la ciudad, el jefe político Ruiz del Burgo, el Asistente con los señores jurados, y el escribano del Municipio don Ventura Ruiz Huidobro, quien dió lectura al documento ante una numerosa y compacta muchedumbre.
La comitiva recorrió luego las calles Vizcaínos, Mar y Gradas, llegando á la puerta de la Catedral, que se había adornado con ricas telas, en la que se encontraba el Cabildo.
Repitióse ante él la lectura en la misma forma que acababa de hacerse en la plaza de San Francisco, y, por último, se verificó en el patio de Banderas, donde también se había levantado una tribuna al efecto.
Quince días después de la promulgación del código, ó sea el 12 de Setiembre, se celebró la jura en medio del mayor orden y entusiasmo.
Juró la Constitución el Cabildo en la Sala Capitular de la Basílica, y casi al mismo tiempo juró el Municipio, el Claustro de doctores de la Universidad, los magistrados de la Audiencia, los cuerpos de la plaza y todas las corporaciones y entidades oficiales, jurando por último el pueblo al siguiente día, domingo 13 de Setiembre.
Las naves de la Catedral se vieron ocupadas por numerosa concurrencia, y dió comienzo la función religiosa, con asistencia de las autoridades civiles y militares, que se situaron en unos escaños levantados á la derecha del altar mayor.
Éste ofrecía un hermoso golpe de vista; se hallaba iluminado profusamente y con el aparato de las grandes solemnidades. Comenzó la misa cantada, y á la mitad de ella el escribano Ruiz Huidobro apareció en el púlpito, llevando en sus manos un ejemplar de la Constitución, el cual leyó en voz alta para que de todos fuese oído.
El canónigo Maestre, terminada la lectura, pronunció un sermón encareciendo las ventajas que á la patria traería el nuevo código, de quien hizo grandes elogios, concluyendo su plática, que fué por cierto muy elocuente, recomendando al pueblo la obediencia á la obra de los legisladores gaditanos.
Terminada la misa, se adelantó Ruiz del Burgo, como jefe político que era de la ciudad, y dirigiéndose á la multitud que ocupaba el templo, pronunció estas palabras: