Á principios del memorable año de 1820 era gobernador militar de Sevilla el General Odonojú, quien, al tener las primeras noticias del alzamiento de Las Cabezas de San Juan y de la isla de León, afilióse en secreto al partido de la Constitución, cuidando mucho que sus ideas no fuesen advertidas por nadie hasta la llegada del oportuno momento.

Había marchado á Cádiz el capitán general de Andalucía D. Tomás Freiree para combatir á los que por tan noble causa se habían sublevado, y el día 10 de Marzo, cuando más tranquilos aguardaban los partidarios del absolutismo la derrota de sus enemigos, y más confiados estaban todos en las seguridades que en Sevilla tenían, alborotóse de pronto el pueblo, que, alentado por los patriotas que tenían su punto de reunión en el café de San Fernando, llegó al Ayuntamiento, dando término á la sesión que el Cabildo celebraba, y de allí, tras recorrer algunas calles, quitar el título á la plaza de San Francisco y hacer repicar las campanas, se dirigió la muchedumbre al edificio en donde estaba situado el tribunal de la Inquisición, no sin haber proclamado antes el nuevo código, del cual esperaban tantos la salvación de la patria.

Libertados los dos presos que en las cárceles del Tribunal estaban, destruídos los muebles, y quemados los procesos que se guardaban en el archivo, entregóse la multitud á otros excesos, que tuvieron que ser reprimidos con energía por las autoridades que acababan de tomar el mando.

Tranquilizáronse un poco los ánimos y dió comienzo la nueva época constitucional, sobre la que tanto se ha dicho y tanto bueno queda todavía que decir; y cuando las Cortes en el año siguiente, después de larguísimos debates, decretaron la suspensión del Tribunal de la Fe, alborotóse de nuevo el pueblo bajo de Sevilla, y se propuso llevar á cabo un acto que demostrase su adhesión al decreto y fuese una burla grotesca de aquella abolida institución.

Era Domingo de Ramos de 1821, y por la mañana el lugar donde estuvo el famoso Quemadero (hacia un extremo del prado de San Sebastián) apareció dispuesto y aderezado de manera bien airosa. La noche antes habíanse colocado allí algunos trasparentes de lienzo y madera, pintarrajeados con muñecos deformes, vestidos con los trajes que usaban los familiares del Santo Oficio, en posturas extrañas y entregados á diversos y raros entretenimientos. Los trasparentes tenían gran altura, y sobre ellos se veía un enorme cerdo de cartón, con una medalla en el hocico y un letrero en la parte posterior, que no queremos copiar aquí por creerlo nada oportuno.

La gente de los barrios bajos, los patriotas de los cafés del Turco y de San Fernando, los individuos de muchas sociedades políticas y la gente moza y regocijada acudieron al prado de San Sebastián, rodeando el aparato allí levantado, y haciéndolo objeto de sabrosos comentarios y de dichos y frases de esas tan gráficas en nuestra tierra.

Al ocultarse el sol, una banda de música tocó el himno de Riego que acababa de componer San Miguel, y al escucharse sus notas muchos de los que allí se encontraban, no pudiendo contener su entusiasmo, cantaron y bailaron con la mayor alegría.

Luego un grupo de mozos del barrio de San Bernardo entonó junto al improvisado monumento gran número de responsos, y como para remojar las fauces de los cantores se trajeron algunos jarrillos de vino, éste no tardó en hacer sus efectos, y entonces las coplas se convirtieron en desvergüenzas, y el alboroto y escándalo subió de punto.

Así transcurrieron algunas horas, y á las nueve de la noche comenzaron á disparar cohetes, quemando un castillo de fuegos artificiales, é incendiando por último aquellos pintarrajeados lienzos en medio del mayor desorden y de la más ensordecedora gritería.

Cuando el monumento se convirtió en cenizas, la gente se fué retirando poco á poco de aquel sitio, teatro de tan tristes escenas en multitud de ocasiones.