Fué uno de los trabajos que con más cariño emprendió Arjona la construcción de un agradable paseo á la orilla del río Guadalquivir, y frente al Colegio Náutico de San Telmo.

Venciendo con energía todas las dificultades y obstáculos que se presentaron á su paso, consiguió dar principio á la realización de su proyecto, terminándose las obras en la primavera de 1830, y verificándose la inauguración oficial del paseo el sábado 24 de Julio del mismo año, día de la última esposa de Fernando VII, por lo cual se le dió á aquel sitio el nombre de Salón de Cristina.

Aquella tarde fué numerosísima la concurrencia que asistió al nuevo sitio de recreo, donde se celebró un baile, tocando las bandas militares escogidas piezas y quemándose por la noche vistosos fuegos de artificio.

El Salón de Cristina se puso de moda: durante mucho tiempo fué el punto de cita de la buena sociedad sevillana. Por entonces había en el centro del paseo un templete de graciosa forma, y en los jardines, á mas de los muchos árboles y plantas, existían infinidad de estatuas y jarrones de mármol, fuentes caprichosas, pajareras, cenadores, cómodos asientos y emparrados que prestaban dulce y agradable sombra.

Aquellas espesuras favorecían mucho á los rendidos galanes y á las discretas damas, que en las calurosas noches de estío y en las frescas mañanas de primavera pasaban allí gratísimas horas. ¡Cuántos sabrosos diálogos y cuántos amorosos suspiros, cuántas promesas y juramentos escucharían aquellos frondosos plátanos orientales, aquellos melancólicos cipreses y aquellos románticos sauces!...

El Salón de Cristina se veía diariamente animadísimo, y presentaba un hermoso cuadro. Allí acudían las niñas pálidas de miradas dulces y andar voluptuoso, que soñaban con caballerescas aventuras; los mozalvetes románticos de ojos tristes y largas melenas, levitas ajustadas y corbatines de á cuarta; los comerciantes y empleados, con sus relucientes sombreros de copa, sus fraques abiertos y sus guantes amarillos; las señoras mayores, peinadas con abultadas cocas y vestidas con faldas de seda llenas de cogidos y volantes; los padres de familia con sus chalecos listados, sus camisas plegadas y sus cadenas y dijes de similor; los militares de altos morriones y grandes charreteras; los calaveras de la partida del trueno, los patriotas del café del Turco, y allí, en fin, acudían todos los principales tipos de una sociedad que se fué para siempre y de la que sólo nos queda la memoria.

Cuando más orgulloso podía estar el Salón de Cristina, y cuando asistir á él se había hecho casi una obligación para los sevillanos, se construyó la plaza de San Fernando y se arregló el paseo de la Bella Flor, y entonces poco á poco la nueva sociedad que naciera dejó aquel sitio donde tan agradables ratos habían pasado sus padres.

Sucesivamente se hicieron en el Salón de Cristina multitud de reformas, perdiendo la mayoría de los adornos que antes tuviera; y hoy, en que tan poca concurrencia asiste á él, ha perdido todo su carácter, convirtiéndose en una especie de parque al estilo de los de Inglaterra, y que para compararse con ellos deja mucho que desear.

LXXVII
LOS SOLDADOS DE ÁFRICA

«Murió por el patrio suelo, y Dios lo llevó consigo.»