Cuando en Sevilla se comenzaron á hacer los primeros trabajos para instalar el Tribunal de la Fe por los años de 1481, el pueblo, que comprendió bien pronto la importancia y el dominio de aquella institución que nacía, lejos de mirarla con indiferencia, ocupóse mucho del asunto, discutiendo cada cual ámpliamente sobre él, y dividiéndose hasta tal punto las opiniones, que se formaron dos bandos numerosos, compuesto uno de defensores de la Inquisición y el otro de enemigos de ella.
Á este último bando estaban afiliados los muchos judíos que por entonces habitaban en nuestra ciudad, y los cuales no pudieron por menos de sentir gran terror al contemplar los actos del Tribunal de la Fe y enterarse de los fines principales para que había sido creado.
Creció cada vez más el miedo de los israelitas ante las sentencias que la Inquisición fulminaba diariamente, y entonces empezaron á reunirse en la aljamia, celebrando con la mayor cautela muchos conciliábulos y detenidas pláticas, á las que acudieron también los judíos que de mejor posición gozaban en Utrera, Carmona, Écija y otros pueblos de la provincia.
En tales reuniones, que tenían lugar de noche y en sitios de los más excusados, convinieron los israelitas en formar una especie de compañía poderosa para defender sus vidas y sus intereses, que tanto peligraban, pagando también á cuanta gente fuera necesaria á fin de que los amparase por la fuerza de los golpes inquisitoriales, que cada vez arreciaban con más energía.
Uno de los judíos que con más calor tomaron esta proyectada empresa, fué cierto mercader de telas á quien se daba el nombre de Susón, y que era un viejo ladino y marrullero muy conocido en todas partes de la ciudad por sus gracias y donaires, que, según parece, eran ingeniosos y de boca en boca corrían á diario.
Susón tenía una hija á quien el vulgo llamaba la Susona, moza como de veinte años, de buenas formas, de rostro bellísimo, y de tan gentil apostura, que solían todos darle el nombre de la fermosa fembra.
Mas si era guapa la muchacha, no era ciertamente de las más virtuosas, pues la lista de sus amadores era algo extensa, y las aventuras que de ella se oían eran algo complicadas y escabrosas también.
La Susona se había convertido en cristiana sin que su padre lo supiera, aconsejada por cierto caballero cuyo nombre no dice la tradición, el cual fué uno de los amantes que con más pasión solicitaron y obtuvieron los favores de la gentil hebrea.
Cuando más diligentes estaban los judíos preparando su obra defensiva, cierto día se encontraron sorprendidos por los familiares del Santo Oficio, quienes desbarataron la conspiración, encerrando en las mazmorras á cuantos pudieron coger, y quemándoles vivos muy luego para que á los de su raza no quedaran deseos de organizar nuevos planes.
El viejo Susón fué uno de los ajusticiables, y su hija la que delató al Tribunal la conspiración que con tanta cautela se había fraguado, entrando luego en un convento de monjas, donde se propuso consagrarse á continuas meditaciones y prácticas sagradas.