«En tanto el gran Magallanes áncoras levar ordena, y á su voz vibrante y firme se da la armada á la vela. Ya, cual cisnes, se deslizan las gallardas carabelas del padre Betis undoso por la corriente serena...»
Lamarque de Novoa.
En aquel tiempo en que España era la más poderosa nación del mundo y jamás en sus dominios se ponía el sol llegóse á la Corte del emperador Cárlos V un navegante cuyo nombre solo causa admiración y respeto á la posteridad.
Nos referimos al portugués Hernando de Magallanes, bravo guerrero, viajero infatigable, y vencedor en África y en la India, que después de haber servido al rey D. Manuel, partió para nuestra patria, donde fué acogida y puesta en práctica aquella gigantesca empresa de dar la vuelta al mundo, cosa que hasta entonces nadie se había atrevido á llevar á cabo.
Sevilla, cuya prosperidad y florecimiento eran entonces grandísimos, fué el lugar donde preparóse la expedición, que salió del puerto el miércoles 10 de Agosto del año 1519, y en las primeras horas de su mañana.
Pero antes de partir los valientes que en aquellas cinco carabelas iban á realizar tan peligroso y memorable viaje, asistieron á una ceremonia religiosa que, por ser quizá de pocos conocida, vamos á relatarla conforme á los datos que hemos conseguido adquirir.
El día 6 de Agosto una multitud inmensa rodeaba el convento de Santa María de la Victoria, situado en Triana, donde poco antes se habían establecido los frailes de la orden de San Francisco de Paula. La iglesia se veía llena de gran número de fieles, y por todas partes se notaba que alguna importante ceremonia iba á tener lugar en ella.
Y así era en efecto: después de una solemne misa, el Asistente de la ciudad iba á hacer entrega á Hernando de Magallanes del pendón de S. M. que llevaría consigo en la arriesgada empresa, cuyos preparativos estaban del todo terminados.
Serían las nueve de la mañana cuando el navegante portugués llegó al templo, seguido de los capitanes, oficiales y demás gente de tropa que se había reunido, y algunos momentos después entró el grave asistente D. Sancho Martínez de Leiva, acompañado de los señores del Cabildo, en unión de los cuales colocóse en un lugar preferente que cerca del altar mayor se le tenía dispuesto. Acto seguido subieron los sacerdotes las gradas del ara y comenzó la misa cantada, que escuchó el numeroso concurso de fieles con la devoción y respeto de aquellos tiempos.
Hermoso golpe de vista el que la iglesia presentaba. Magallanes y sus compañeros, vestidos con ricos trajes militares y armados de todas armas, se hallaban sentados en largas tribunas á la izquierda de la Epístola; frente los caballeros y nobles señores del Cabildo; ante el altar, lleno de luces y de flores, los sacerdotes con sus ricas capas de tisú y primorosos bordados de oro; en el resto del templo la multitud apiñada, que guardaba profundo silencio; en el coro los regulares, que entonaban por lo bajo sus eternos rezos; y para embellecer aquel cuadro, los rayos del sol de estío, que, penetrando por las pintadas vidrieras, iban á deshacerse en los dorados retablos ó en el rojo terciopelo que cubría los muros.