Concluida la misa, levantóse el Asistente, y con toda la seriedad del caso puso en manos del navegante portugués el pendón real. Magallanes entonces avanzó algunos pasos hasta colocarse en lugar donde todos pudieran verle, y una vez allí, desnudó su acero, y mostrando el pendón, pronunció con palabras claras y reposado tono el juramento de fidelidad al Monarca á nombre de quien había de tomar posesión de las tierras que en el viaje descubriera.

Acto seguido, escribe un historiador que «por su orden de categorías en la armada prestaron juramento á Magallanes los capitanes y oficiales que á partir se disponían, ofreciéndole además, bajo el propio empeño, de seguir los rumbos y derrotas que el Capitán general les mandase, obedeciéndole en todo como si al mismo Rey en persona sirviesen.»

Largo rato duró aquella escena, y cuando fué concluída, con igual parsimonia que había entrado salió el Asistente Leiva, seguido del Cabildo, y el navegante con sus soldados, que eran objeto de gran curiosidad por parte de los vecinos de Triana, quienes apenas podían comprender la magnitud de aquella expedición que estaba preparada.

Según dijimos más arriba, los cinco barcos se dieron á la vela el día 10 de Agosto de 1519; el estrecho fué descubierto por Magallanes á mediados de 1520, y el 27 de Abril del siguiente año falleció el ilustre hijo de Villa de Sabrosa en un reñido combate que con los indios sostuvo.

El 27 de Setiembre de 1522 regresaron á Sanlúcar las carabelas, mandadas por Sebastián del Cano, y se dice, aunque lo tenemos por verdad muy dudosa, que una de estas naves permaneció casi destrozada en el muelle de los Remedios hasta los comienzos del pasado siglo.

XXII
EL ALMA EN PENA

«Densa niebla cubre el cielo, y de espíritus se puebla vagarosos...»

ESPRONCEDA.

Entre la multitud de leyendas, cuentos y tradiciones que han llegado hasta nuestros días acerca de las calles y edificios más ó menos notables de la capital de Andalucía, hay algunas casi ignoradas de la mayor parte de las gentes, y las cuales conviene dar á luz, á fin de que no se olviden del todo ni por completo se pierdan; que cuando algún curioso las saca de nuevo á plaza ataviadas con apropiado ropaje, seguramente son del agrado del público.

Tal ocurre quizá con el suceso que vamos á relatar en las presentes líneas, que bien pudiera servir de asunto para una novela si cayese en manos de quien, con alguna fantasía y conocimiento de la época en que tuvo lugar, supiera aderezarlo y ofrecerlo como merece.