Larga es la fecha en que ocurrió el caso; mas no por esto debe dudarse de él, pues existen autores que con toda formalidad lo relatan como verídico, y hasta hace próximamente medio siglo se conservó en la calle del Caño, situada en la collación de Santa Lucía, la casa donde vivió el principal personaje de este hecho.
Gobernaba España la católica majestad de don Felipe II, y á principios de 1566 habitaba una modesta finca de la citada calle Caño cierta mujer pobre y anciana, viuda de un soldado muerto en Portugal, que tenía una hija, á lo sumo de catorce primaveras, de tan lindo rostro y singular donaire, que á pesar de su pobreza era objeto de ciertas preferencias por parte de los vecinos, y solicitada por más de un amador, codicioso de los favores de tan bella criatura.
Conociendo esto la vieja, ejercía de continuo gran vigilancia sobre su pimpollo; que si al morir el soldado no dejó un escudo, dejó en cambio á su esposa un buen concepto del honor, para que éste no se empañase ni perdiera.
Difícil nos sería describir las perfecciones de la joven, que se llamaba Costanza, pues la tradición sólo dice que era hermosa, y añade que también era muy recatada y honesta, y que cuantos mozos le hacían cerco se veían obligados á renunciar á sus pretensiones.
Hubo uno, sin embargo, que supo proceder con más habilidad y maña, y haciéndose oir de Costanza, requirióla de amores con tanta fortuna, que la incauta niña tomóle singular afición y dió en celebrar con él nocturnas y solitarias entrevistas, que cuando la madre dormía se llevaron á cabo.
Pasaron así algunos meses, y cuando más felices parecían los novios, la honesta y recatada doncella, que tan prendada había estado, tomó de pronto invencible antipatía á su galán, y decidió romper con él á todo trance.
El mozo, que debía estar ya entonces muy enamorado, y que seguramente era poco conocedor de las veleidades y mudanzas del sexo femenino, hizo cuanto pudo por volver á atraerse el cariño de Costanza, pero todo resultó inútil; y harto de aguantar desdenes, convencido de que nada podía conseguir, desistió de sus proyectos con gran pesar y profunda pena.
Tan á pechos tomó el hombre aquella mala acción, que viniéronle terribles melancolías y esquivó el trato de las gentes, desapareciendo por fin de Sevilla sin que se supiera á dónde había marchado.
Costanza, que tan honesta y recatada fué siempre, según la tradición, sintió bien poca cosa la ausencia del amante, y apenas habían pasado algunos meses admitió el cariño que otro le ofrecía, guiado de intenciones no muy sanas y laudables.
Un amigo del desdeñado amador dijo que éste había muerto entonces; y aunque Costanza lo supo, ni se apenó por ello ni mostró sentimiento alguno, distraída como estaba con su nuevo galán.