Poco después de haber empezado la niña sus nuevas relaciones comenzó á susurrarse entre los vecinos de la collación de Santa Lucía que por la calle del Caño y sus alrededores había aparecido un fantasma de los que en aquella época eran tan frecuentes; pero algunos vecinos que parecían estar mejor informados aseguraron que se trataba de un alma en pena que venía á este mundo para arreglar algún asuntillo que dejó pendiente.
Hiciéronse cruces al conocer la noticia, y más se asombraron los ignorantes cuando supieron que desde la media noche hasta la hora del alba en la calle Caño oíanse de tiempo en tiempo lamentos ininteligibles, arrastres de cadenas y otros cuantos sonidos que demostraban la presencia del alma en pena.
Cuando esto llegó á oído de la madre de Costanza no fué la última en amedrentarse, cuidando mucho de cerrar por las noches las puertas de su casa con llaves, cerrojos y trancas, y rezar, á más del Rosario, antes de acostarse otras muchas oraciones propias para alejar las almas en pena que vienen á molestar el sueño del vecindario.
Crecía entre tanto el pavor á medida que trascurrían las noches, y así pasaron algunos meses, al cabo de los cuales una mañana los transeuntes y los habitantes de la calle del Caño se veían formando grupo frente á la casa de Costanza y entretenidos en sabrosos diálogos.
Avisóse á la justicia y se presentaron los alguaciles, que penetraron en el edificio, encontrando á la vieja dando lastimeros gritos y llorando á lágrima viva como suele decirse.
Interrogada por los golillas, manifestó que su hija había desaparecido sin saber por dónde, y que no había dejado huella alguna en su escapatoria...
Pasado algún tiempo se supo, no sabemos por quién, que Costanza había sido arrebatada de su casa por el alma en pena, y que ésta no era otra que la de su desdeñado amador.
XXIII
LA CAPILLA DE LOS REYES
«Anhelaba el Cabildo ofrecer al poderoso Monarca de ambos mundos una obra digna de su grandeza, y para alcanzarlo pensó abrir una especie de liza entre los más célebres artistas de aquel tiempo.»
J. Amador de los Ríos.