«Muriendo está Torrijiano, muriendo está en su prisión por el hambre, que es la pena que se ha impuesto en su furor.»

Cano y Cueto.

El hecho de que vamos á ocuparnos ha llegado hasta nosotros descrito con ligeras variantes, aunque igual en el fondo, y para relatarlo hemos de procurar seguir la relación que corre como más auténtica.

Á principios del siglo XVI vivía en Sevilla, y en una modesta casa situada en la Resolana del barrio de la Macarena, el insigne escultor florentino Pedro Torrijiano, que tan perfectas y acabadas obras dejó en varios templos de nuestra capital.

Fué Torrijiano un distinguido discípulo del maestro Lorenzo de Médicis, y estando en el taller de éste con otros compañeros tuvo su famosa riña con Miguel Ángel, á quien de un golpe rompió parte de la ternilla de la nariz, dejando, para mientras viviese, señalado al autor del Moisés y del Juicio final.

Huyó después de aquella riña Torrijiano de Italia, pasando á Inglaterra, donde vagó muchos años sin residencia fija y sufriendo no pocos disgustos y sinsabores, pues parece que el carácter del artista florentino era por demás violento, exagerado y nada simpático.

Á España llegó Torrijiano más tarde, atraído por las bellezas del suelo y por los elogios que de nuestra cultura intelectual de entonces había oído hacer, recorriendo algunas provincias y fijando su residencia en Granada, población entonces donde se encontraba lo más florido de la nobleza castellana.

Hizo Torrijiano algunas hermosas esculturas para los conventos que entonces se edificaban en la ciudad del Darro, y cuando su fama se iba extendiendo por aquel punto una agria disputa que, por motivos que ignoramos, tuvo con algunos señores de alta categoría le obligó á cerrar su taller y á salir precipitadamente de aquella hermosa ciudad tan cantada por las liras de nuestros poetas.

Entonces vino Torrijiano á Sevilla, ejecutando al poco tiempo de su llegada obras tan notables como los bajo-relieves de la portada del Hospital de las Cinco Llagas, según dice un autor, y el San Jerónimo para el convento de Buenavista.

Algún tiempo después el poderoso Duque de Arcos encargó al florentino una escultura de barro que representase á la Virgen con el Niño Jesús en los brazos, escultura que había de ser colocada en el magnífico oratorio que en su palacio tenía el Duque.