Junto á esta imagen ardían en otros tiempos dos farolillos de aceite, única luz que de noche alumbraba la vía que nos ocupa; y está probado que los piadosos vecinos de aquellos alrededores tenían gran devoción al santo, cuya colocación en aquel sitio debióse á un suceso extraordinario en el cual creían á piés juntillas nuestros abuelos, que por regla general tenían muy buenas creederas.

El caso fué el siguiente, poco más ó menos, según lo relata la tradición que hasta nosotros ha llegado. Durante los días de Carnaval del año 1548 varios jóvenes de relajada vida y de licenciosas costumbres que había en Sevilla cometieron muchos excesos y tropelías, sin que evitarlo pudieran, ni el celo de las autoridades ni el temor que entonces á todos inspiraba el tribunal de la Inquisición.

De aquellos mozos calaveras cuatro se distinguieron más que sus acompañantes por las locuras de sus actos y por el singular escándalo que promovieron.

No contentos de sus fechorías, después de haber alborotado grandemente por las calles, herido á tres sujetos, insultado á muchos y saqueado un bodegón, la noche del martes de Carnaval, cuando pasaban medio ebrios por el convento de Madre de Dios, hallaron á un viejo que acompañado de una joven venía, y les entraron ganas de darles una pesada broma.

Uno de los calaveras, sin andarse con más palabras, acercóse con resolución á la muchacha, y con gran presteza dióle un fuerte tirón del manto y estampó en sus mejillas un impuro y ruidoso beso.

Lleno de ira el anciano, iba á castigar el atrevimiento del mozo, cuando los otros le sujetaron por la espalda y, envolviéndole la cabeza en la capa que traía, lo arrastraron al callejón próximo, mientras la joven caía desmayada y era recogida por el calavera que le dió el beso.

Tétrico, oscuro y estrecho el callejón donde metieron al anciano, ofrecía el aspecto más á propósito para que en él se cometieran actos que la luz clara alumbra pocas veces. En brazos del galán llegó allí también la joven, cuyo rostro pálido por el desmayo excitó los deseos del calavera y púsole en situación harto difícil.

Rugía amarrado el viejo, á quien habían tendido en el suelo para que no pudiera defenderse, y en tanto aquellos perdidos rodearon á la muchacha, haciendo todos muchos elogios de su belleza y encantos, que pudieron apreciar merced á un débil rayo de luna que hasta el centro de la callejuela se deslizaba.

Varios de los mozos quisieron besar á la joven, pero vieron con sorpresa que el que primero lo había hecho opúsose á ello y con tono serio y enérgico díjoles que no consentiría que ninguno la tocase.

Surgió de aquí una disputa, que se fué agriando por momentos; cruzáronse palabras duras é insultos de ambas partes, salieron á relucir los aceros, y no tardó en empezar una reñida pelea, en la que el galán defensor de la beldad llevaba la peor parte, puesto que todos á él dirigían sus armas. Habilísimo sin duda era éste, cuando en pocos momentos logró, no sólo defenderse, sino herir á dos de los que le combatían, y desarmó al tercero, que dejó el campo y huyó de manera no muy airosa.