Al extremo Norte de la Alameda, y en una plaza que se llamó en lo antiguo Plaza de la Cruz del Rodeo, existe una capilla de humilde aspecto y fachada sencillísima, que se dedicó á la Virgen del Carmen, y fué levantada en memoria de un trágico suceso que vamos á recordar en estas líneas.

Los poderosos y linajudos Condes de la Torre tenían á principios del siglo XVI un hijo único, joven de apuesto continente y alegre carácter, que estaba llamado á heredar con los títulos nobilísimos de sus padres la cuantiosa fortuna que éstos poseían.

D. Per-Afán de Rivera, que así se llamaba el joven, aunque criado con toda severidad y recogimiento, cuando llegó á la mayor edad mostróse gran aficionado á correr aventuras y llevar aquella vida de peligros y diversiones que era peculiar á los calaveras de su tiempo.

No carecía de gracia y desenvoltura el hijo de los Condes de la Torre, y gozaba de cierta fama de valiente y decidor, así como de galante con el sexo bello, al cual era en extremo aficionado.

Muchas fueron sus travesuras y conquistas, muchas también sus pendencias y acaloradas disputas, y no fueron menos los relucientes escudos que derrochó en pocos años.

Á semejanza del Burlador de Sevilla, D. Per-Afán de Rivera no distinguía clases en cuestiones de faldas, y lo mismo ponía los ojos en la casta doncella que seguida de la dueña rodrigona cruzaba la calle envuelta en tupido manto, que en la desgarrada moza del partido, de andar resuelto y de traje corto y descotado.

Requirió de amores D. Per-Afán á una muchacha de posición humilde, la cual, seducida por el marcial talante y distinguido porte del galanteador, cayó en la debilidad de enamorarse de él con tanto ahinco cual si no hubiese en el mundo otro hombre de sus prendas.

Holgóse mucho el joven aristócrata de haber despertado en la incauta niña pasión tan verdadera, y le hizo mil promesas y juramentos, que, aunque no pensó cumplir, acabaron de trastornar el seso de la muchacha, que creyó de buena fe cuanto su amante le decía.

Poca paciencia tenía D. Per-Afán, y no gustaba de perder el tiempo en sus conquistas, por lo cual no dejó pasar mucho sin que la niña cayese en sus redes; y si antes le había dado su alma, dióle entonces su cuerpo, que era lindo y lleno de encantos.

Duró hasta aquel día el amor que juró sentir el hijo de los Condes; y siguiendo su sistema, abandonó pronto á la muchacha, olvidándola también por otra y otras conquistas que entonces reclamaban su atención.