Pero la doncella burlada, que era huérfana y pobre, tenía un hermano, que al enterarse por pruebas inequívocas del lance, alborotó el barrio de la Feria, y se dispuso á tomar venganza, ayudado por otros individuos que también tenían odio profundo á D. Per-Afán por motivo de sus calaveradas.
Formóse, pues, una conjuración siniestra, y durante muchos días el mujeriego aristócrata fué perseguido y acechado con la mayor insistencia.
Había éste una noche de estío asistido con varios amigos y amigas á la casa de cierto Monipodio que había en la plaza del Quemadero, y en hora avanzada salió á la calle solo, embozado en su capa y fiándolo todo, según costumbre, en su destreza en el manejo de la tizona. Pero al llegar á la Cruz del Rodeo encontró unos vecinos que estaban tomando el fresco tranquilamente, y sin motivo alguno arremetió contra ellos, insultándolos y amenazándolos de palabras y obras.
Al poco rato saliéronle al paso dos hombres encubiertos por antifaces, los cuales dieron una palmada, y al sonido de ella un grupo numeroso apareció por una callejuela, rodeando al mancebo en actitud amenazadora.
Hizo éste por arrojar la capa, y, sacando el acero, acometió á los enmascarados; pero antes que pudiera herirlos, el grupo cayó sobre él, descargándole terribles golpes y llenándolo de heridas.
Entonces uno de los encubiertos (que no era otro que el hermano de la joven burlada) sacó una daga y clavóla iracundo en el pecho de D. Per-Afán de Rivera, que exhaló al instante su último suspiro.
Cuando se divulgó por la ciudad la noticia de este trágico suceso causó honda sensación en todas las personas que conocían al infeliz, y los poderosos Condes, cuyo dolor puede imaginarse, costearon en el mismo sitio que murió su hijo la ermita dedicada á la Virgen del Carmen que existe aún en nuestros días.
Los pacíficos vecinos, á los cuales se atribuyó la muerte del joven caballero, fueron más tarde condenados á severas penas por la justicia, mientras el verdadero matador quedó en las sombras del misterio.
XXXIII
LA VELADA DE SAN JUAN
«Muy linda y elegante debía estar, cuando toda la nobleza sevillana concurría á ella, y sólo á ella porque no había otro paseo.»