El Duque de Rivas.
Feliz ocurrencia, sin duda, fué aquella que tuvo el buen asistente D. Francisco Zapata, Conde de Barajas, cuando por los años 1574 mandó construir la Alameda de Hércules, paseo el más antiguo de la ciudad, convirtiendo en agradable sitio de solaz y honesto esparcimiento el lugar donde antes se formaba un ancho pantano al que afluían las aguas sucias y corrompidas de toda la población.
Terminó su obra el Asistente elevando el piso, colocando asientos de piedra, fuentes elegantes, y ocho hileras de árboles que prestaban dulce y grata sombra, sirviendo al mismo tiempo para recreo de la vista y saneamiento del aire. Mas pareciéndole quizá que aún no estaba completo su trabajo, mandó trasladar allí dos soberbias columnas desenterradas de los barrios altos de la ciudad, donde se cree que existió un suntuoso templo consagrado á Hércules.
Ambas columnas, sostenidas por anchos pedestales, y sobre las que se ostentan dos estatuas, han sido descritas multitud de veces, y á ellas dedicó uno de sus más bellísimos artículos el insigne Duque de Rivas, que tanto cariño profesaba á nuestra capital, cuyas tradiciones cantó más de una vez en poesías inmortales.
Es opinión de muchos historiadores que en remotos tiempos penetraba un ramal del Guadalquivir por el lugar donde se levantó la puerta de la Barqueta, y que este ramal seguía por donde hoy existe la Alameda, atravesando la ciudad y saliendo cerca de la puerta de Jerez. No sabemos qué habrá de verdad en esto; mas sí puede asegurarse que á fines del siglo XV el lugar donde se encuentra la Alameda era un pantano, como hemos dicho, en extremo perjudicial para la salud por el total abandono en que se encontraba.
La Alameda de Hércules fué desde su fundación el paseo predilecto de los sevillanos, y á él concurrían los domingos serenos del invierno y las frescas tardes de primavera y estío las damas más lujosas, ricamente ataviadas, los caballeros más encumbrados y linajudos, los más ricos mercaderes y los jóvenes más apuestos y arrogantes.
Allí se juntaban muchas veces los doctos varones que formaban las ilustres academias de Pacheco y Malara; allí D.ª Feliciana de Enríquez y la Duquesa de Gelves concurrían en elegantes literas, rodeadas de entusiastas y aduladores mancebos; Medinilla y Per-Afán de Rivera sostuvieron reñidas batallas con Maniferros y Repolidos; el divino Herrera lloró tristemente los desdenes de su amada Eliodora; Rinconete y Cortadillo practicaron allí innumerables obras de caridad con bolsas ajenas; los señores inquisidores y asistentes pasearon embebidos en reposada plática; más de una casta y púdica doncella, aprovechando ligero descuido de su indispensable dueña rodrigona, deslizó perfumado y tierno billete en manos de rendido y discreto barbilindo; y allí, en fin, desde los comienzos del reinado de Felipe IV, se comenzaron á celebrar las famosas veladas en las noches de S. Juan y S. Pedro.
La época en que estas fiestas alcanzaron mayor esplendor, si hemos de creer á los fieles y puntuales cronistas, fué en los últimos años del pasado siglo y primeros del presente, cuando la aristocracia y el pueblo español, lejos de sospechar las próximas desgracias que amenazaban á la patria, entregábanse con más calor que nunca á las diversiones y regocijos, mientras el Príncipe de la Paz manejaba á su capricho los negocios del reino.
Volvamos los ojos hacia aquella época, y veamos la velada de San Juan tal como se celebraba á fines del siglo XVII, por ejemplo, cuando la riqueza y prosperidad de Sevilla aventajaban á las de muchas importantes ciudades de la Península.
Por entonces se habían llevado á cabo algunas reformas en el paseo, aumentando sus fuentes, añadiéndole nuevas calles de árboles y elevando al extremo Norte otras dos columnas más pequeñas, de escaso mérito, las cuales constan de ocho pedazos cada una y rematan en dos menguados leones con los escudos de España.