Era de ver por las noches en aquella época el aspecto que presentaban los alrededores de la Alameda.
En la antigua calle Pellejería, desde el convento de San Pedro Alcántara y hasta la del Barco, se alzaban entonces multitud de puestos y barracas en los que trianeros y ferianos vendían muñecos de barro y estampas religiosas, piñones y avellanas, alfajores de almendras y merenguillos de color. En la esquina de la calle Puerco, y frente la cruz del Paraíso, se situaban las buñolerías, donde las gitanas de la Cava Vieja, á la luz del tradicional candil y envueltas en espesas nubes de humo, fabricaban los dorados buñuelos para los mozos de rumbo y las mozas de empuje: allá cerca del convento de Belén se instalaban las casetas del siempre aporreado don Cristóbal, con su inseparable D.ª Rosita; y bajo los álamos blancos, los cipreses y los naranjos del arrecife formaban coro los vecinos del barrio, y al són de la guitarra y las castañuelas bailaban las majas y los majos el Olé, el Polvillo, los Panaderos ó cualquiera otro de los bailes populares más en boga por aquella época. Entre la doble fila de árboles de la calle central de la Alameda se veían colocadas largas hileras de vasillos de colores; junto á los Hércules se elevaban graciosos arcos de follaje, costeados por la hermandad de la Cruz del Rodeo; lucían los puestos de agua farolillos de papel y macetas de olorosa albahaca; en los dilatados asientos de piedra se formaban animadas tertulias, y la concurrencia apiñada y numerosa bullía alegre y regocijada, produciendo multitud de ruidos imposibles de calificar.
Sobre este animado cuadro lucía un cielo transparente y magnífico poblado de millares de estrellas, y en el cual se destacaba la blanca Luna, el astro de tristeza eterna y de eterna melancolía, que, deslizando sus rayos por entre el ramaje, iba á veces á sorprender un coloquio amoroso, y, con él, el secreto de dos almas jóvenes, apasionadas y soñadoras.
Era la noche de S. Juan noche de jolgorio, que solían pasarse en claro muchas personas, y era la Alameda de Hércules el sitio donde se juntaban y confundían la multitud de personajes que formaban la sociedad de nuestros abuelos, y que, como ellos, para no volver, han desaparecido.
Aquí la bella macarena, llevando airoso traje de medio-paso, peineta de carey y monillo de hombreras, desafiaba arrogante las miradas de los lechuguinos y los piropos de los manolos; allí el almibarado boqui-rubio, vestido según el último figurín de la moda francesa, chaleco de tisú, frac de raso y botas á lo bombé, dirigía su impertinente á los grupos de encopetadas damiselas; allá el chispero de tez morena y patillas cortas, camisa de chorrera, sombrero de queso y chupetín de sarasa bromeaba y reía con los compadres y padrinos; allí la interesante petimetra, con su rica falda cubierta de encajes, su talle alto con mangas de farolón y sus dos moños de colonia sobre el exagerado tupé, sostenía chispeante y animada conversación entre caballeros de empolvados peluquines y casacas bordadas; y lo mismo el discreto y ladino abate de rostro malicioso y correctos modales que el grave corregidor cachazudo y templado, lo mismo el orondo fraile de la Trinidad ó la Merced que el militar aventurero, el mercader de la calle Génova que el comerciante de la plaza, todo el pueblo de Sevilla, en fin, y todas las clases de la sociedad acudían gustosas á prestar animación y brillo á la tradicional velada.
Las casas del barrio de la Alameda eran la noche de S. Juan puntos de reuniones y alegres tertulias. En el ancho patio adornado de flores y lleno de luces se alojaba el elemento joven, encontrando ocasión de hacer gala de sus gracias y encantos ellas, y ellos de su galantería y donaire.
Había entonces una costumbre, que fué decayendo poco á poco, hasta concluir á fines del segundo tercio del siglo. Las muchachas casaderas se colocaban en las rejas al oscurecer, y desde allí solían llamar con el nombre de Juan á cuantos transeuntes les parecían á propósito; y cuando ellos se acercaban á las ventanas amables y sonrientes, se entablaban amenos diálogos, que concluían por lo general con dirigirse el transeunte á la confitería más próxima y volver cargado de enorme papelón de dulces, que repartía entre las niñas más lindas y que más le agradaban.
¡Á cuántas chistosas escenas daba margen esta costumbre! ¡Cuánto ingenio y agudeza, se derrochaban en aquellas conversaciones! ¡y cuántos noviajos y bodas se fraguaban en aquellas noches tan suspiradas por las jóvenes en estado de merecer!
En aquella bendita época los mancebos eran sin duda más crédulos que hoy, y por eso eran engañados más fácilmente por el sexo femenino, que en todos los tiempos sólo ha tratado de seducir y perder á los hombres, como dijo un santo padre, que debió ser persona experimentada y conocedor práctico de tan sutiles materias.