Zorrilla había vendido la propiedad, en cantidad no muy crecida por cierto, y nada percibió de lo mucho que produjo, cosa que el vate ha lamentado no pocas veces en diversas composiciones.

Hablar aquí del drama sería á mi juicio perder el tiempo, cuando no hay español que no le haya visto representar, ni persona medianamente ilustrada que no sepa sus versos de memoria. Nuestro propósito no ha sido otro sino que el nombre del legendario personaje sevillano figure en este libro, donde sólo se tratan cosas de Sevilla.

XXXVII
EL ANGOSTILLO DE SAN ANDRÉS

«Una calle estrecha y alta la calle del Ataúd, cual si de negro crespón lóbrego eterno capuz la vistieran...»

ESPRONCEDA.

Hoy no tiene esta vía nada de particular; es una de tantas calles estrechas é irregulares como en Sevilla existen, no muy limpia, y de poco tránsito: pero en otros tiempos, cuando el vulgo era más ignorante que ahora; cuando había aún quien creyese en brujas, duendes, fantasmas y toda esa caterva de seres extraordinarios; cuando las patrañas y absurdas consejas eran artículos de fe para el pueblo supersticioso, el Angostillo era sitio terrible, donde tenían lugar los sucesos más extraordinarios.

Era entonces el aspecto de esta estrecha y tortuosa calleja el más sombrío que puede imaginarse. Á un lado se alzaban los muros de la parroquia de San Andrés; al otro los altos paredones del hospital del Pozo Santo; había dos ó tres casas de miserable aspecto, viejas y ruinosas; á la desembocadura de la calle Cadenas se veía un edificio muy antiguo, que estaba siempre deshabitado desde que la Inquisición sorprendió en él una sociedad de molinistas; y para acabar de dar carácter á esta vía, se encontraba en ella un pesado retablo, donde existió un lienzo representando á la Concepción, ante el cual ardía de noche triste lamparilla de aceite, que lanzaba sobre la imagen sus menguados resplandores.

Mas no por haber allí un cuadro piadoso dejaban de vagar los diablos y duendes por el Angostillo; y tanta afición habían tomado al lugar, que ninguno les parecía tan á propósito para hacer sus sandeces y picardías.

¡Con cuánto terror contaban las viejas los sucesos del Angostillo! ¡Con qué miedo se oían los relatos de trágicas escenas allí ocurridas! ¡Con qué exageraciones y comentarios circulaban por toda la ciudad las hazañas que diariamente cometían las brujas y endemoniados!...

Paseaban durante la noche por la estrecha calleja pálidos espectros de ojos fosforescentes y largas túnicas, los cuales solían algunas veces asaltar al incauto transeunte, obligándolo á entregarles cuanto llevase encima, y dándole muerte si mostraba resistencia á ser despojado.