Vagaba también por el Angostillo el famoso duende Martinito, á quien nadie vió nunca, pero que todos hablaban de él ponderando su pequeñez excesiva y su travesura singular, que ejercitaba muy particularmente en engañar doncellas, á las cuales tenía encerradas en un palacio bajo tierra para irlas entregando según convenía á los caballeros enamorados y que le daban en cambio la salvación de sus almas.

Al pie del retablo que ya hemos citado verificábanse con frecuencia desafíos y riñas entre Maniferros y Repolidos, y muchas veces fueron de allí levantados por la mañana los cuerpos de no pocos infelices acribillados de estocadas.

En una de las casuchas del Angostillo veíanse entrar todos los domingos al toque de la Queda varios embozados, los cuales permanecían en el edificio hasta sonar el Alba, hora en que volvían á salir con el mismo silencio; y aunque parte del vulgo se deshacía en conjeturas, jamás pudo averiguar con certeza cuál era el objeto que á aquella casa llevaba á los misteriosos embozados.

Un individuo, sin embargo, más curioso ó más atrevido, quiso enterarse de lo que tales reuniones querían decir, y cierta noche púsose en acecho, favorecido por las sombras, junto al umbral de la casucha, distinguiendo entre las tinieblas á los embozados que iban llegando cuando las campanas de la Catedral dieron la Queda.

Con el silencio de la noche, que era templada y hermosa, oyó al poco rato un ruido singular dentro del edificio, escuchando también débiles quejidos y sollozos entrecortados, que parecían de mujer; mas cuando estaba el curioso con toda atención, se vió rodeado sin saber cómo de un grupo de hombres, quienes sin proferir palabra alguna le amarraron, vendándole los ojos, y cargaron con él á cuestas.

Fué tal el terror que se apoderó entonces del infeliz, que perdió el conocimiento, y cuando volvió en sí hallóse tendido en el Campo de los Mártires y en el más completo estado de idiotismo, en el cual vivió hasta los últimos días de su existencia.

Hoy, que ya nadie teme al Angostillo, nos ha parecido oportuno dedicarle un recuerdo en esta colección de ligeros apuntes.

XXXVIII
LA ACADEMIA DE PACHECO

«Por tí, honor de Sevilla, el docto, el erudito, el virtuoso Pacheco, que con lápiz generoso guarda aquellos borrones que honraron las naciones.»

QUEVEDO.