Tanta fué la prosperidad y grandeza de Sevilla en el siglo XVI, que algunos historiadores la comparan con Atenas en tiempos de Pericles y con Roma en la época de Augusto.

Con verdad puede decirse que la capital andaluza era centro de cultura intelectual, pues en ella tenían residencia esclarecidos varones que lograron adquirir fama imperecedera como poetas, pintores, escultores, prosistas y guerreros.

Entre estos hombres, orgullo de la patria, vivía Francisco Pacheco, artista por naturaleza, alma noble y henchida de bellos sentimientos y espíritu muy aficionado al estudio de todos los ramos del saber y al cultivo de las Musas.

Nació Pacheco, según los datos más auténticos, en 1573, dedicándose desde muy joven á la pintura bajo la dirección de Luis Fernández, que por aquella época tenía su taller en nuestra ciudad. Los primeros lienzos de Pacheco se dieron al público en 1590. Siete años después pintó al temple uno de los trozos del soberbio catafalco levantado en la Catedral para los funerales de Felipe II, que inspiró al gran Cervantes el más popular de sus sonetos.

Trasladóse Pacheco á Madrid hacia el 1611, volviendo á la corte pasado algún tiempo, y en los meses de su residencia en la villa estudió con sumo detenimiento las obras del Greco, de Carducho y de Céspedes. Vuelto á Sevilla, comenzó á pintar numerosos cuadros para las iglesias y conventos, inaugurando de allí á poco su famosa Academia, á la que concurrieron los mayores ingenios que por entonces existían en España.

Estaba instalada esta Academia en la calle Armas, en un edificio cómodo y espacioso, donde también tenía su estudio Pacheco, y del cual salieron tan notables pintores como Alfonso Coello y el gran maestro Diego Velázquez.

No tardaron en hacerse célebres las tertulias de la Academia que tanta honra dió á las letras patrias, pues allí asistieron: el inspirado Arguijo, protector de los ingenios de su tiempo; el P. Juan de Pineda; el racionero Pablo de Céspedes, pintor famoso, arquitecto y poeta; Gutiérrez de Cetina, el autor de tiernísimos madrigales; el divino Herrera, fundador de la Escuela Sevillana; Rioja, el cantor de las flores; el docto agustino Fr. Pedro de Valderrama; el maestro Francisco de Medina; el licenciado Cristóbal Mosquera, discípulo del ilustre Malara; el piadoso fraile Núñez Delgadillo; el malogrado doctor Gonzalo Sánchez Lucero; el inimitable poeta festivo Alcázar; Argote de Molina, cuyo nombre tanto se respeta hoy; el insigne pintor maese Pedro de Campaña; Rodrigo Caro; Miguel de Cervantes, y otros muchos varones ilustres que acudieron á aquel torneo de la inteligencia, donde se llevaron tantas cuestiones literarias y científicas, tantos pensamientos elevados y tan diversos y varios asuntos.

«Francisco Pacheco,—escribe el señor Asensio—al ver llegar á su reunión tantos varones notables, tuvo la feliz idea de irlos retratando unos después de otros, y la delicada atención de añadir á cada imagen un resumen ó elogio, en el que daba noticias de la vida y de las obras del personaje.»

Cultivó Pacheco, como ya hemos dicho, la poesía y la pintura, sobresaliendo en ambas cosas, pues su inteligencia privilegiada y su infatigable laboriosidad y amor al estudio se reunieron para dar vida á sus inmortales obras.

Entre las literarias se encuentran bellísimas poesías, doctas disertaciones y un Tratado del arte de la pintura, que, según palabras de un eminente crítico, «excede en erudición histórica y en la seguridad de los consejos á cuanto en la materia se había escrito hasta aquella época.»