Celebrábase esta fiesta de las rameras el día 22 de Julio, revistiendo caracteres de grande solemnidad, á la que contribuía mucho el Ayuntamiento, y aun algunas personas ricas y devotas.
Alzábase en el centro de una calle de la Mancebía cierta cruz de hierro que descansaba en un ancho pedestal con gradas, y ante esta cruz colocábase un púlpito, desde el cual algún fraile anciano y que reuniese buenas dotes oratorias pronunciaba un larguísimo sermón dirigido á las Aspasias y Proserpinas.
Éstas, á quienes se obligaba á abandonar sus tugurios, rodeaban al predicador guardando la mejor compostura que podían, y escuchando con el mayor silencio las palabras del fraile, empeñado en convencerlas de lo que las mozas no se querían convencer.
Á este sermón no faltaban nunca los señores del Cabildo municipal, y algunos caballeros de la nobleza, quienes solían colocarse en largos bancos que en lugar señalado se situaban.
Daba principio la fiesta religiosa al mediodía, y cuando el orador sagrado bajaba del púlpito, después de agotar todos sus razonamientos y amenazas con las ninfas, éstas oían una arenga de los individuos encargados de vigilarlas, y terminaba el acto con una detenida inspección del burdel y de sus moradoras.
«Pero no siempre—escribe el médico Pizarro en un curioso folleto—las predicaciones daban su fruto, pues algunos mal intencionados hallaban modo de turbarlas con escenas inconvenientes, ora ocultándose de antemano en la Mancebía, ora penetrando por un portillo que existía cerca de la laguna...»
Los días de fiesta iban á los lupanares algunos sacerdotes, quienes pronunciaban de tugurio en tugurio pláticas religiosas encaminadas á salvar á aquellas almas pecadoras empedernidas.
Las mozas, que no eran muy aficionadas á recibir tales visitas, para excusarse de ellas, comenzaron á salir de la Mancebía, estableciéndose en aquellos puntos de la ciudad donde creían estar más tranquilas para dedicarse á sus negocios, y de aquí resultó que el barrio fué quedando desierto de sus antiguas moradoras.
Por los años 1640 empezaron los derribos de aquellos lupanares, construyéndose algún tiempo después la hermosa calle de la Laguna, y desapareciendo para siempre el inmundo barrio de las Mancebías.