«Aquí don Juan de Arguijo, del sacro Apolo y de las Musas hijo, ¿qué lugar no tuviera, si viviera? mas, si viviera, ¿quién lugar tuviera?»
Lope de Vega.
En aquella época memorable de feliz renacimiento de las letras sevillanas, al mismo tiempo casi que Herrera, Pacheco, Jáuregui, Escobar, Malara, Guzmán, Álvarez y otros muchos ingenios, floreció un varón ilustre, hijo de nuestra ciudad, y á cuya memoria vamos á consagrar hoy estas modestas líneas.
Aludimos al insigne poeta D. Juan de Arguijo y Manuel, autor de aquellas hermosas composiciones de las que Lope de Vega hizo grandes elogios, tan justos como merecidos.
Pocas son las poesías que D. Juan de Arguijo ha legado á la posteridad; pero son suficientes á inmortalizar su nombre, que va hoy unido al de los más preclaros é insignes literatos de su época, con quienes sostuvo gran amistad y frecuente trato.
Heredó Arguijo de sus padres un capital bastante crecido, y recibió una educación esmerada, conforme á su clase, llamando la atención desde los primeros años de su juventud por sus aficiones al estudio y por las disposiciones que tenía para ejercitarse en el cultivo de las Musas.
No son en verdad muy completos los datos que de la dilatada vida de D. Juan de Arguijo han llegado hasta nuestros días; mas por ellos sabemos que estudió Humanidades con gran aplicación, que fué caballero Veinticuatro del Ayuntamiento, que estuvo casado con D.ª Sebastiana Pérez de Guzmán, señora de ilustre familia, que tuvo entusiasta afición por la música y las bellas artes, y que murió por los años de 1624 á una edad respetable.
Una de las condiciones que poseía Arguijo, y que realza notablemente su nombre, es su generosidad sin ejemplo, la cual le granjeó infinitas simpatías entre sus coetáneos. Sus manos estuvieron siempre prontas á socorrer con largueza á cuantos ingenios necesitados encontró al paso, y protegió las letras, estimulando con sus liberalidades á cuantos hombres acaudalados había en Sevilla.
Nunca dejó Arguijo sin amparo á un escritor que solicitase su apoyo, ni nunca desatendió á los hombres que, dotados de talento, carecían de medios materiales para abrirse paso. El generoso sevillano, que disponía de rentas muy suficientes á vivir con gran desahogo, invirtió la mayor parte de su fortuna en costear libros ajenos, en fomentar los estudios de quienes los necesitaban, y en proporcionar á sus amigos cuantas relaciones y conocimientos pudieran serles útiles y provechosos.
Como rasgo de la prodigalidad del poeta se cita que cuando la Marquesa de Denia pasó por Sevilla dióle tan espléndido alojamiento Arguijo en su hacienda de Tablantes, que por el gasto que entonces hizo quedó tan mermada su fortuna, que le obligó á vivir con bastante modestia el resto de sus días.