Las poesías que D. Juan de Arguijo escribió están suficientemente juzgadas por la crítica y por los más autorizados maestros, los cuales, analizándolas con la mayor atención, han puesto de relieve las muchas bellezas que encierran.
El soneto, la más difícil quizá de las composiciones castellanas, fué lo que más cultivó el vate sevillano; y algunos de ellos pueden servir, como efectivamente sirven, de modelo. Díganlo sinó el que dedicó al Guadalquivir, y varios de los que figuran en el Parnaso español, en la Colección de poesías selectas castellanas y en el opúsculo anotado por el maestro Francisco de Medina.
Arguijo siguió en sus versos al divino Herrera, y según palabras de un crítico moderno, «por el gusto, por su rica y esmerada dicción poética, por la fuerza de su fantasía y por la gravedad y arrebato del pensamiento compite con los primeros líricos españoles.»
La casa donde vivió y murió D. Juan de Arguijo existe todavía, y está situada en el número 2 de la calle que tiene su nombre, y que en otros tiempos se llamaba de la Virreina por haber morado en ella una señora de grandes virtudes y singular hermosura viuda de un virrey del Perú.
El edificio, que es bastante amplio, ha sufrido notables alteraciones, pero aún tiene cierto carácter antiguo, que contribuye á dárselo el gran balcón de su fachada y el escudo de armas que en ella se ostenta. En el jardín se encuentran todavía las hornacinas que, según dice Fabié en sus notas á los Sucesos de Ariño, contuvieron gran número de esculturas que el poeta hizo traer de Italia.
Arguijo fué sepultado en la iglesia de la casa que los jesuítas fundaron en 1569 en la calle Compañía, al pie del altar de la Concepción, donde también descansaban sus padres, hermanos y cercanos parientes.
XLI
LOS FANTASMAS DEL BLANQUILLO
«... Entre los giros secretos que van formando las brisas hacia ella avanzan inquietos, entre canciones y risas, larga fila de esqueletos.»
S. Rueda.
En una especie de plazuela llamada de Vib-Arragel, que existía frente á la histórica puerta que se conoció con el nombre de la Barqueta, hubo un ancho terraplén, elevado á la altura de la muralla, al cual se subía por dos escaleras cómodas y desahogadas.