Este sitio era conocido con el nombre del Blanquillo, ignoro por qué causa, y era lugar tan sombrío y de tan triste aspecto, que sólo el contemplar aquellas negruzcas paredes, que llegaban al río, aquellos robustos torreones que las cercaban y aquellas zarzas que entre las piedras crecían, inclinaba el ánimo á las ideas melancólicas.
Por eso el vulgo nunca miró con buenos ojos el Blanquillo, y á propósito de él contábanse cien historias de fantasmas y encantamentos desde tiempos muy remotos, llegando á tanto las supersticiones, que uno de los actos más heróicos que podía entonces cometer un jaque sevillano era ir de noche al terraplén y pasearse allí algunos ratos tomando el fresco.
Cuando las nocturnas sombras caían sobre la población, el Blanquillo tomaba un tinte singular y fantástico, y en aquellas horas de tinieblas salían los espectros y los duendes con todo el aparato que tales alimañas traen consigo.
Los torreones que rodeaban el terraplén servían de albergue á los brujos y brujas, á quienes muchos juraban haber visto correr por los aires, atravesar el río sobre las aguas y ejecutar otras muchas habilidades de esta calaña. En el Blanquillo decíase que un moro descomunal enterró viva á una doncella hija suya que dejó de serlo por cierto caballero cristiano; allí los judíos habían sacrificado muchos chiquillos con gran refinamiento de crueldades; allí aparecieron un día los cadáveres de dos amantes que tuvieron el mal gusto de escoger aquel sitio para sus amorosas expansiones, y allí, en fin, ocurrían todas las noches las más extraordinarias y terribles cosas que pueden imaginarse.
Pero uno de los sucesos que más consternaron al vecindario y á todo el pueblo de Sevilla fué el que vamos á narrar, acaecido, si no miente la tradición, en los comienzos del siglo XVII, que fué siglo de cosas estupendas y nunca vistas.
En el barrio famoso de la Macarena, donde siempre habitaron hombres de conciencia ancha, perdonavidas y barateros, había uno que solía tener á raya á los valientes, gloriándose de haber despachado para el otro mundo á varios formidables ternes, por lo cual su fama era grande y por todos los de su jaez estaba públicamente reconocida.
Cierta noche de invierno serena y clara encontrábase el matón reunido con varios amigos en una taberna, y no se sabe por qué se habló de los fantasmas del Blanquillo, contándose algunas de las últimas hazañas de ellos, y muy particularmente de las que cometía uno que á las dos en punto de la noche salía á pasearse por la muralla hasta el convento de San Juan de Acre.
Hizo el valiente macareno burla y chacota de aquellas niñerías; y como manifestase á los suyos que habíanle entrado deseos de entendérselas con el tal fantasma para quitarle las ganas de hacer más sandeces, dijéronle los amigos que fuera á buscarle al mismo Blanquillo, donde no tardaría en topar con él.
No quiso el mozo desperdiciar la ocasión de perlas que se le ofrecía para dar una prueba más de su heroísmo, y prometió que aquella misma noche iba á concluir con cuantos fantasmas le viniesen á las manos.
Dudáronlo algunos, creyéronlo otros, hablóse mucho y nació una apuesta, que el terne prometió cumplir; y de allí á poco salió de la taberna acompañado de sus amigos, que le dejaron en las tapias del convento de Calatrava, siguiendo él resueltamente hacia la plaza de Vib-Arragel.