Quedóse solo nuestro hombre, y comenzó á subir la escalera del Blanquillo en el momento en que las campanas de la Giralda daban las dos de la noche.

Todo era silencio en aquel lugar; la luna sólo se veía en algunos intervalos por entre espesos nubarrones, el frío era intenso, y en conjunto el aspecto de aquel cuadro no podía ser más imponente.

Llegó el mozo al centro de la esplanada y se detuvo largo rato, paseando luego con el mayor sosiego, y cuando más tranquilo se figuró que podía estar, vió con gran sorpresa que por el filo del asiento que rodeaba el Patín de las damas avanzaba una figura, que mal podía calcular de dónde saliera, cubierta con blanco traje, tapado el rostro por un capuchón blanco también y de larga punta, y llevando en sus manos una larga vara, en cuyo extremo superior ardía cierta llama azulada y fatídica.

Dirigió el valiente algunas palabras al fantasma, pero éste no hizo caso alguno, y sin amedrentarse por las bravatas siguió su marcha reposada hasta colocarse cerca del macareno.

Éste, á pesar de sus bríos, sintióse sobrecogido un punto, y echando mano á un pistolón que llevaba al cinto, apuntó é hizo fuego dos veces sobre el blanco personaje; mas cuando esperaba que el fantasma caería desplomado á sus pies, observó con asombro que éste se llevaba la mano izquierda al pecho y sacaba de su seno las dos balas que el macareno le había disparado.

Entonces nuestro hombre quedó atónito, un sudor frío corrió por su cuerpo, turbóse su vista, y cuando iba á emprender rápida fuga descargaron sin saber cómo un golpe tan violento sobre su cabeza, que cayó en el suelo sin sentido.

Por la mañana el cuerpo del terne apareció flotando sobre las aguas del río, cerca de San Jerónimo, sin que dieran ningún resultado cuantas diligencias practicó la justicia para esclarecer este misterioso crimen.

«Y si, lector, dijeres ser comento,
como me lo contaron te lo cuento.»

XLII
EL ESCULTOR MARTÍNEZ MONTAÑÉS