«Famoso artífice, que por estas y otras obras adquirió grandes créditos, no sólo en Sevilla, sinó también en los países extranjeros.»
Arana de Varflora.
No se ha podido averiguar todavía, á pesar de las activas diligencias de los eruditos, si este insigne escultor, el más notable sin duda que en el siglo XVII tuvo España, es ó no hijo de Sevilla; pues mientras unos señalan nuestra patria como punto de su nacimiento, otros lo niegan, y sin presentar documento alguno afirman que nació en Alcalá la Real, pequeño pueblo de la provincia de Jaén, por los años de 1590.
Mas sea ó no sevillano, es lo cierto que Martínez Montañés vivió en la capital de Andalucía desde su infancia, que en esta ciudad pasó toda su existencia, y que aquí ejecutó todas las inimitables esculturas que hoy admira la posteridad.
Los templos de Sevilla se encuentran llenos de obras del insigne artista, con quien en vano quisieron competir en su tiempo otros escultores, también andaluces, quedando á gran distancia.
La más notable, quizás, de las figuras que produjo su habilísimo cincel es la del Jesús que construyó para el convento de la Merced Calzada, que hoy posee la hermandad llamada de la Pasión, y que excede al elogio más alto que de ella se haga.
La actitud del Nazareno, agobiado por el peso de la cruz; la dolorosa expresión de su rostro, que se inclina suavemente sobre el pecho; aquellos brazos que se extienden desfallecidos, sujetando á duras penas el instrumento del cruel suplicio; aquellos pies ensangrentados que pisan las abruptas peñas de la subida del Gólgota; toda la figura en sí resulta tan artística, tan humana, tan perfectamente concluída, y tiene rasgos tan llenos de inspiración, que es imposible contemplarla sin sentir algo, que conmueve y llega al corazón. ¡Lástima grande que tan hermosa figura se vea cubierta hoy por un ropaje de terciopelo lleno de costosos bordados y lentejuelas, que es verdaderamente antiestético y un ridículo anacronismo!
Se cuenta que la primera vez que esta hermosa escultura salió en procesión las gentes lloraron conmovidas al verla; y escribe el padre Valderrama, que el mismo Martínez Montañés iba á buscarla por las calles que había de pasar, diciendo á sus amigos «que era imposible hubiese él ejecutado obra tan admirable.»
Otra de sus figuras muy celebrada es el Crucificado que existe en la iglesia de San Leandro; y deben citarse tras de ella el Santo Domingo que hizo para el convento de Porta-Cœli, el Jesús llamado del Gran Poder, que posee la cofradía de San Lorenzo, el San Pedro Alcántara que se colocó en el monasterio de esta Orden, y el retablo mayor del convento de Santiponce, ejecutado por él en 1622.
Sería tarea por demás larga enumerar todas las esculturas que Martínez Montañés nos ha dejado como otras tantas pruebas de su admirable genio, y sería más larga y difícil tarea aún señalar la multitud de bellezas que en cada una se encuentran. Un reputado crítico dice «que pocos escultores le han aventajado en la naturalidad de las actitudes, en el plegar de los paños y en la dulzura y expresión de los rostros.»