Por razones que luego comprenderá fácilmente el lector callamos los apellidos de estos dos hermanos, y sólo diremos de ellos los nombres: llamábase él D. Luis y ella D.ª Aurora, habían quedado huérfanos y pasaban tranquilamente la existencia disfrutando los muchos bienes que de sus ancianos padres habían heredado.
Era el D. Luis caballero que poseía bellísimas cualidades de carácter, y era la D.ª Aurora doncella de rara hermosura, que apenas contaba veintitrés abriles y estaba adornada de todas las gracias y encantos que una mujer puede atesorar, amén de otras dotes que la hacían digna de toda consideración y respeto.
Los hermanos, que se profesaban entrañable afecto, estaban servidos por dos criados antiguos en la casa de sus padres, hacia quienes tenían muchas deferencias, no comunes, ni entonces ni ahora, entre el que es servido y el que sirve.
Habían sido estos criados en su niñez esclavos en África, y si negros eran sus rostros, más negros aún eran los pensamientos que en mal hora comenzaron á cruzar por los oscuros rincones de sus cerebros.
La gracia juvenil, las turgentes formas y aquel gracioso continente de D.ª Aurora hicieron nacer en el pecho del más joven de los criados una pasión brutal y torpe, que, cuando no pudo tenerla más en silencio, comunicóla á su compañero, trazándole un plan horrible, é invitándole á que con él gozase á la peregrina hermosura.
Transcurrieron algunos meses, y durante este tiempo los pérfidos servidores maduraron su proyecto infame; y mientras encontraban ocasión propicia de llevarlo á efecto, crecía en el mísero corazón del esclavo aquel volcán de impuros apetitos y de lascivos deseos.
Asuntos particulares obligaron por su mal á don Luis á ausentarse algunos días de la casa, y cierta noche, á la hora de las Ánimas, cuando D.ª Aurora se disponía para recogerse, se vió sorprendida por el feroz negrazo, cuyo gesto y actitud demostraron bien pronto á la infeliz doncella el grave riesgo que su preciada honra en tales momentos corría.
Imposible le fué á la joven pedir socorro, é imposible le fué medir sus débiles fuerzas con las del esclavo, y éste huyó luego saboreando su bárbaro triunfo, ocultándose donde no creía llegase á ser capturado. Mas su compañero, que, horrorizado de aquel crimen desistió de tomar parte en él, cuando regresó D. Luis de su corto viaje contóle el caso, indicándole el lugar donde se refugiaba el autor de su deshonra.
Guardó silencio el caballero, sin que á nadie trascendiese lo que había ocurrido, y lanzóse en busca del servidor infame, á quien encontró al fin y dió muerte de certera estocada.
Al punto regresó ciego de ira á su domicilio, y al salirle al encuentro el otro esclavo se arrojó sobre él y lo estranguló, echando su cadáver en un pozo. Y quizás hubiera hecho lo mismo con su infeliz hermana, á no esconderse D.ª Aurora en el rincón más apartado del edificio.