J. H.
Vamos á ocuparnos de la célebre escultora Luisa Roldán y Mena, conocida por la Roldana; y si bien son pocos los datos biográficos que de ella conocemos, sus obras son suficientes á llenar muchas páginas en su elogio.
Hija de Pedro Roldán, artista que trabajó mucho para los templos de Sevilla, aprendió desde pequeña la escultura, aventajando con el tiempo á su padre, el cual, aunque ejecutó algunas figuras no exentas de mérito, hizo muchas que no resisten la crítica más indulgente.
Nació la Roldana en 1656, y, como siendo muy joven quedó huérfana de madre, encargóse del gobierno interior de su casa, ayudando al mismo tiempo en las esculturas á su padre, sin abandonar por ello las labores domésticas, á que debe dar particular atención toda mujer hacendosa y prudente.
Con las lecciones que á diario recibía y con el talento de que la naturaleza la había dotado fué cada vez adelantando más en los trabajos que comenzaba, llegando á construir estatuas tan bellas como las que se encontraban en el extinguido convento de las Mínimas.
Cuéntase que por entonces, habiendo rechazado el Cabildo una escultura que por su encargo hizo Pedro Roldán, su hija la arregló de tal modo, que fué admitida por los canónigos con satisfacción extraordinaria.
Y no fué ésta la sola ocasión en que la Roldana corrigió á su padre, pues en la Virgen de los Dolores que existe en San Pablo y en el paso de la Mortaja de Santa Marina también puso sus manos, y por cierto con los mejores resultados.
Para la iglesia de San Bernardo ejecutó cuatro figuras, que merecen citarse por la verdad que tienen, por la sencillez de las actitudes y por los conocimientos anatómicos que revelan.
Representan tales esculturas á San Miguel, á San Agustín y á Santo Tomás, siendo la más notable la última, de la Fe, que como las anteriores se hallaba en el altar donde también existía el célebre cuadro de la Cena pintado en 1622 por Francisco Varela.
Cuando Pedro Roldán se encargó de construir el paso de la Oración del Huerto, de Monte-Sión, su hija le ayudó notablemente; y son de su mano, el ángel que sobre nubes se levanta bajo la palmera y los medallones de relieve que ostenta el zócalo en la peana.