En varios templos de Sevilla, tales como la Catedral, San Roque, Santa Inés, San Bernardo, y también en el Museo Provincial, se encuentran muchos lienzos de un notable artista que floreció en los comienzos del siglo XVII, y cuyo nombre no será desconocido ciertamente para ninguno de nuestros lectores. Estos lienzos, que por el color y la manera especial con que están pintados se distinguen de todos, fueron ejecutados por Francisco Herrera, á quien para distinguirlo de sus hijos, que también al arte se dedicaron, se le da el nombre de Herrera el Viejo.

De la vida de este pintor, nacido en Sevilla en 1576 y muerto en Madrid el año 1650, se cuentan anécdotas y pormenores muy curiosos; y de ellos vamos á relatar uno que, no por ser algo conocido, deja de tener interés.

Á pesar de su talento y del mérito de las obras de Herrera, fué muy poco estimado de sus coetáneos, siendo causa de aquella indiferencia con que lo miraban el carácter violento, desabrido y colérico que poseía, por lo cual se vió precisado á pasar la mayor parte de su existencia alejado del trato de las gentes y encerrado en su casa, de donde en muy pocas ocasiones salía.

Allí, solitario y taciturno, pintaba sus lienzos, ayudado, según se dice, de una sirvienta, pues ningún joven quería ser su discípulo, y los que llegaban á tomarle por maestro se alejaban bien pronto de su lado, como hizo, entre otros muchos, el inmortal Velázquez.

Francisco Herrera tenía también muchos enemigos que se había acarreado por su insociable carácter, y eran los primeros que le hacían guerra sus compañeros de profesión, ninguno de los cuales dejaba de tener de él alguna queja ó motivo de resentimiento.

No sólo se ocupaba Herrera el Viejo en pintar hermosos cuadros como el Ultimo Juicio ó los Pasajes de la vida de la Virgen, sinó que también hacía bellísimos dibujos y grabados en bronce, que eran dignos de ser elogiados algo más que entonces lo fueron.

Lejos del mundo y olvidado de muchos vivía Herrera por los años de 1621, cuando empezó á levantarse contra él un rumor que cada día se hizo más insistente, y que parecía no estar desprovisto de fundamento. Decíase por todos que el pintor se dedicaba en sus soledades á labrar monedas falsas, y aseguraban muchos haberlas encontrado en su poder y estar dispuestos á presentar cuantas pruebas se ofreciesen.

Tanta intensidad, y tantos vuelos tomaron aquellos rumores, que la justicia tomó cartas en el asunto, y, avisado Herrera, corrió á refugiarse en el Colegio de San Hermenegildo, para donde había pintado algún tiempo atrás un magnífico cuadro, que estaba colocado en el retablo mayor y que representaba una apoteosis del mártir titular.

Pasó mucho tiempo, y un día del año 1624, en la casa en que se albergaba el pintor se empezaron á hacer grandes preparativos, arreglándola toda y disponiéndola como si alguna gran solemnidad fuera á celebrarse. Á la siguiente mañana el monarca Felipe IV, que se encontraba en Sevilla, visitó el Colegio de Jesuítas, acompañado de la Reina y de gran número de personajes de la corte, recorriendo con detenimiento las galerías, patios y dependencias del edificio, y llegando al templo, donde lo primero que llamó su atención fué el gran cuadro de San Hermenegildo que en el altar mayor estaba colocado.

Permaneció el Monarca un buen rato contemplando aquella soberbia obra de arte, y tanto le agradó, que mostró deseos de saber el nombre del que la había ejecutado.