Díjole entonces uno de los padres jesuítas que aquel cuadro estaba pintado por un monedero falso, que, á fin de librarse de la persecución de la justicia, se había refugiado en aquel convento.

Entonces contestó el Rey:

—En esta causa soy yo el juez y la parte; venga, pues, el artista monedero, que tengo ganas de conocerlo.

Avisado Herrera, de allí á poco se presentó en la iglesia, arrojándose á los pies de Felipe IV todo conmovido y temeroso.

Entonces el Rey le dijo, después de mirar un rato el soberbio lienzo:

—Quien tales obras ejecuta no ha menester más plata ni oro;—y tocando con sus manos la frente de Herrera, que yacía hincado de rodillas, añadió:—alzad, que estáis ya libre, siempre que no volváis á incurrir en tan feo delito como el de que se os acusa.

Herrera el Viejo no pudo contener su emoción ante aquel rasgo del Monarca, y á pesar de ser duro de corazón y nada sensible, sus ojos se arrasaron de lágrimas, y con frases entrecortadas por la emoción dió las gracias al Rey, quien hizo grandes elogios de la pintura que en el altar mayor se ostentaba.

Este cuadro de San Hermenegildo puede admirarse hoy en el extenso salón del Museo Provincial, donde es una de las verdaderas joyas que le enriquecen.

XLVII
DRAMA DE AMORES

«Él ofendió á mi marido, y de ello fuí yo la causa; y con todo esto le quiero y lo tengo acá en el alma.»