(Romancero de Gazul.)

Hojeando un libro hace mucho tiempo, que de la historia de Sevilla trataba, encontramos el asunto del dramático suceso que vamos á narrar; y como dudásemos algo del caso, hemos preguntado ahora á distintas personas versadas en noticias de nuestra población, las cuales nos han asegurado ser cierta, más no en todos sus detalles, la tragedia, que ocurrió de modo distinto á como en el libro decía.

Entre los buenos edificios que existen en la histórica calle de las Armas hay uno de construcción antigua, de hermosa fachada y de extensas proporciones, que se comunicaba con el abandonado callejón de los Estudiantes por un postigo que ha desaparecido.

Era morador de esta casa á fines del siglo XVII un caballero de edad algo avanzada y de buena fortuna, que para su desgracia había contraído matrimonio con una joven linda y dotada de un corazón volcánico y apasionado.

Creíase dichoso el buen señor, sin que ningún pesar turbara la calma en que vivía, entregado á su afición predilecta, que era la floricultura, y enamorado de D.ª Elvira, mujer en quien tenía absoluta confianza, sin que nunca cruzara por su mente la idea atormentadora de los celos.

Pero mientras él cuidaba las macetas y arreglaba las flores de su jardín, álguien había tenido ocasión de acercarse á la joven esposa y deslizar en sus oidos palabras de amor y frases apasionadas, que, despertando en el corazón femenino deseos que parecían olvidados, hicieron nacer un amor ilegítimo, pero profundo, arraigado y sincero.

La confianza del marido prestaba alientos á los enamorados, quienes, sabiendo ocultar aquellos sentimientos que les unían, nunca dieron el menor motivo á la más leve sospecha de nadie ni á la más ligera murmuración.

Sin embargo de esto, al cabo de muchos meses hubo álguien que creyó descubrir un leve indicio, y espió con cautela para conseguir su intento. Una astuta criada de D.ª Elvira comenzó á dudar de la fidelidad de su señora, y después de no pocas observaciones y hábiles pesquisas, notó que casi todas las noches, cuando el reloj daba la una y la casa yacía en profunda oscuridad y silencio, una sombra se deslizaba por el patio, entreabría con sigilo la puerta que comunicaba al jardín y cruzaba éste; luego descorría el cerrojo del postigo que daba al callejón de los Estudiantes, y á los pocos momentos solía penetrar en él un bulto, que en unión de aquella sombra se ocultaba en una pequeña habitación que cerca del jardín existía.

¡Cuán ajenos estaban los cautos amantes de que sus dulces coloquios y sus naturales expansiones tenían un testigo que no eran ciertamente los frondosos árboles, ni la blanca luna que en el trasparente cielo se alzaba!

La astuta sirvienta, convencida hasta la saciedad de la grave falta que D.ª Elvira cometía, demostró por ella tan mala voluntad, que con el mayor disimulo y la más pérfida astucia hizo llegar al confiado marido la horrible noticia de su deshonor, oculto para el mundo durante tanto tiempo.