Pero el viejo no era hombre de violento carácter ni de grandes bríos, y en vez de tomar rápida venganza, calló como si nada supiera, y siguió cuidando sus flores y contentando á su esposa, mientras en su cerebro maduraba un plan terrible y sangriento.
Seguía el jardín siendo punto de las citas que con su amante tenía D.ª Elvira, y al mediar la noche nunca faltaba ella á descorrer el cerrojo del postigo por donde entraba su rendido y constante adorador.
El año 1697 tocaba á su término, y en una de las de aquel Diciembre la infiel esposa cruzaba á la hora convenida el solitario jardín con el ánimo casi tranquilo y el pecho lleno de ilusiones y de deseos, que pronto iban á verse satisfechos una vez más.
Aunque las sombras que rodeaban á D.ª Elvira eran profundas, ya conocía el camino, y con seguro paso llegó á la puertecilla y, una vez abierta, aguardó la primera caricia del hombre á quien amaba.
Á los pocos instantes un hombre embozado hasta los ojos apareció en el dintel; pero lejos de estrechar entre sus brazos á la dama, se le acercó rápidamente, y sacando de entre los pliegues de su capa un enorme cuchillo, lo hundió con violencia en el seno palpitante de D.ª Elvira, que como herida por un rayo cayó en tierra, exhalando su vida en un indescriptible sollozo. El embozado salió de nuevo, y cuando instantes después vió entre la oscuridad de la calleja que un hombre penetraba con cautela por el postigo, cerró éste por fuera con llave, y salió con precipitación, dando vuelta al edificio, en cuyo patio aguardábale la delatora sirvienta.
Al ruido y las voces que luego en el jardín se oyeron acudieron los criados que dormían, y el dueño de la casa, aparentando la mayor sorpresa; pudiendo entonces ver todos á D.ª Elvira en el suelo con el pecho ensangrentado, y junto á ella un hombre, á quien tomaron por autor del bárbaro asesinato. Este hombre fué preso, y ahorcado más tarde, sin que se supiera hasta muchos años después la verdad de lo ocurrido en aquella terrible noche, y por confesión de la criada cuando estaba en el lecho de muerte.
XLVIII
BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO
«¿Quién de tus bellas Vírgenes la norma, gran Murillo, te dió? ¿Dónde las viste, ó cómo al mundo presentar supiste tipos celestes con humana forma?»
M. A. Príncipe.
El gran pintor, gloria de España y honra de su siglo, que tan acabadas pruebas de su genio ha legado á la posteridad, debe tener un recuerdo entre estos apuntes; y al tomar ahora la pluma, á él vamos á dedicar las presentes líneas.