Bartolomé Esteban Murillo, hijo de nuestra población, pasó en ella su tranquila y laboriosa existencia consagrado al arte, sin que por entonces su nombre, hoy universal, llegase á ser conocido apenas fuera del círculo de sus amigos. Uníase en él la modestia al genio, y por esta causa rehusó cuantas ocasiones se le presentaron de adquirir esos títulos y honores que tanto buscan otros hombres sin mérito alguno para obtenerlos.

En la humilde casa donde vivía el gran maestro pintaba sus lienzos prodigiosos, y pasando del taller á la iglesia ó al convento para donde se ejecutaron, quedaban allí, limitándose el triunfo que alcanzaba el artista á bien poca cosa.

Juan del Castillo, pintor que residía en nuestra ciudad por los años de 1640, tuvo la honra de ser el que enseñó á Murillo los primeros rudimentos del arte, sin que jamás llegara el discípulo á imitar en nada el estilo del maestro, como puede verse en los cuadros que del segundo existen en el Museo y en varios templos y capillas.

Con sólo las lecciones que había recibido, comenzó Murillo á pintar siguiendo su propia fantasía, hasta que encantado por las obras de Frutet y de Pedro de Campaña, y deseando admirar los tesoros artísticos que se encontraban en el Real Palacio de Madrid, trasladóse á la corte en 1643, donde se encontraba el insigne Velázquez, con quien hizo buena amistad, y tuvo ocasión de estudiar los mejores modelos. Cuando á los dos años regresó á Sevilla, de donde había salido sin participar ni á sus amigos el viaje, comenzó á trabajar con verdadero empeño, causando bien pronto la admiración de cuantos tuvieron ocasión de contemplar las obras que sus pinceles producían.

Desde el 1648 hizo para la Catedral los cuadros de San Leandro y San Isidoro, el San Antonio de la capilla del bautismo, las mártires Santas Justa y Rufina, San Fernando, San Hermenegildo, los cuatro Arzobispos de la diócesis, la magnífica Concepción, el Ecce-homo y otros varios, trabajando también en la restauración de la Sala Capitular, que por entonces sufrió algunas obras.

Cuando el piadoso caballero D. Miguel de Mañara construyó la iglesia del Hospital de la Caridad, Murillo pintó para ella ocho lienzos, que están reputados por los mejores que hasta entonces había producido.

Innumerables fueron los cuadros que ejecutó desde entonces hasta el 1680, y entre ellos sólo citaremos varias Concepciones, en las cuales ni antes ni ahora ha tenido rival; el Retrato de D. Justino Neve, San Pedro, la Virgen con el Niño y los dieciocho que pintó para el monasterio de Capuchinos.

Salió Murillo de su querida ciudad poco tiempo después, dirigiéndose á Cádiz, donde comenzó la que había de ser su última obra. Estando un día trabajando en el lienzo que representa los Desposorios de Santa Catalina, tuvo la desgracia de caer del andamio en que se hallaba subido, lastimándose varias partes del cuerpo.

Trasladáronle entonces á Sevilla, donde al poco tiempo de su llegada, habiéndose agravado en su dolencia, falleció el día 3 de Abril de 1682, á las cinco de la tarde, mientras estaba dictando su testamento.

Su cadáver fué enterrado en la parroquia de Santa Cruz, colocándose sobre el nicho una modesta lápida, en la cual se dibujó un esqueleto y la frase siguiente: Vive moriturus.