este dulce frenesí:
pienso en mi mundo adorado,
y yo estoy enamorado
de la tierra en que nací.
No pudo permanecer mucho tiempo en esta tensión de espíritu, y el amor á Puerto Rico venció bien pronto al amor á la carrera militar y aun á la gloria de las armas. En 1872 renunció su nueva profesión, se embarcó para su amada tierra, y al divisarla desde el horizonte improvisó una de sus más tiernas y populares composiciones.
Formó parte de la Redacción de El Progreso, que dirigía entonces Don José Julián Acosta; pero no era apto para la lucha política, á que se reducían entonces casi todos los trabajos de la prensa. Escribió una serie de sátiras en versos contra ciertos errores y malas costumbres sociales, y luego desempeñó algunos cargos administrativos en los centros oficiales de San Juan.
En el año 1878 fundó, en unión de Don Manuel Elzaburu, la Revista Puertorriqueña, repertorio mensual de literatura y ciencias, que gozó de gran estimación; pero que duró poco tiempo, á causa de la enfermedad del pecho que ya minaba aquella naturaleza excepcionalmente delicada y poética.
Recluído en su hogar, donde le acompañaban amorosamente su esposa é hijos, escribió en sus últimos años, muy enfermo ya, las mejores poesías que de él nos quedan, como el canto Á Puerto Rico, laureado en certamen público, y que se inserta á continuación; La Barca, Insomnio, Apariencias, y algunas estrofas amargas de su canto de cisne, Renacimiento, del que sólo ha dejado algunos fragmentos notabilísimos.
También escribió en los últimos días de su vida las siguientes estrofas dirigidas á sus amigos:
Cuando no reste ya ni un solo grano