De mi existencia en el reloj de arena,

Al conducir mi gélido cadáver,

No olvidéis esta súplica postrera:

No lo encerréis en los angostos nichos

Que llenan la pared, formando hileras,

Que en la lóbrega angosta galería

Jamás el sol de mi país penetra.

El campo recorred del cementerio

Y en el suelo cavad mi pobre huesa;

Que el sol la alumbre y la acaricie el aura