Tres siglos ha, que el hombre
Encerrado en el viejo continente,
Ni en tí pensaba ni soñó tu nombre.
Tu ser fué una bellísima quimera
Á los que vían el confín del mundo
De Thule en la fantástica ribera;
Pero sonó una hora en el gigante
Reloj que marca su existencia al orbe,
Y abrió sus ondas el airado Atlante.
El dedo del destino