EL MAR

Si hay algo que se asemeje al cielo es el mar. Como él tiene furores temibles y calmas dichosas; como él es azul, y como él, al parecer, infinito.

Así es que, cuando yo lo he visto hoy, después de una ausencia de dos años, venir á romperse en espumas contra las rocas, he pensado que no hay nada más grande, más imponente ni majestuoso, que este rico manto bordado en plata, que cubre gran parte de la tierra, y que se agita altivo bajo la mirada del cielo, que muchas veces pretende rivalizar con él en hermosura, engalanándose con su divino cendal de blancas, ideales y vagorosas nubes.

Lo confieso, no puedo vivir sin el mar. Hijo yo de una isla que se mece en las turbulentas y juguetonas aguas del Atlántico, acostumbrado á su vista, á su vida y á su movimiento, cuando no le tengo ante mis ojos padezco una especie de nostalgia en el alma, y cuando le miro tras larga separación siento como llenarse un vacío de mi ser, como cumplirse una necesidad de mi espíritu.

¡Oh, mar! Tu aspecto es como el aspecto de todo lo grande que sublima, yo en los largos ratos que guardo para tí de extática contemplación, noto que se espacía mi ánimo y se ensancha á toda la extensión del maravilloso espectáculo, flotando con delicia en las ondulaciones de tus aguas.

Tú satisfaces los sentidos á la vez que alimentas el alma; para la vista eres el más sublime de los cuadros, ya reposes con la tranquilidad de un lago, ya te agites con la vehemencia de las tempestades; para el oído eres la más cadenciosa harmonía, ora gimas rabioso por el huracán hostigado, ora la brisa te lleve en tranquilas ondas á morir sordamente en la playa; tú, en fin, eres para el hombre torrente inagotable de poesía, que le arrobas con los caprichos de tus bellezas, ó misteriosa enseñanza que con la eternidad de tus movimientos le recuerdas la eternidad de su supremo autor.

¡Inefable creación! En el horizonte es una línea que marca el nivel de ese gigantesco vaso; luego toma un tinte nebuloso; más acá el azul obscuro se quiebra con el continuo movimiento; más adelante se hincha y crece hasta formar una montaña líquida, que el viento empuja, que se salpica en su cúspide de blanco, que comienza á encresparse, que se enrolla en sí misma, y que por último cae deshecha en una catarata de espumas, que viene mansa á romper sus innumerables globos cristalinos sobre las doradas arenas de la orilla.

No hay nada, al parecer, más monótono ni más pobre; no hay más que agua, se dice: sin embargo, nada le supera en riqueza y variedad: en sus profundos abismos guarda infinitos misterios bajo lechos de algas, entre laberintos de sombras; en su movible fondo inagotables tesoros perdidos entre arenas; en sus gotas saladas se revuelven milagros de organizaciones animales, que todavía sorprenden á la ciencia y cautivan al hombre; entre nacaradas conchas guarda las opacas perlas escondidas, como amorosos secretos; en las piedras que erizan el lecho donde se posa, se adhieren multitud de moluscos entre el musgo que las cubre como aterciopelado manto; sobre yerbas que no se atreven á salir del seno de las aguas, yacen caídos trozos de corales bellos de distintos colores, como fragmentos de ricos palacios derruídos; mientras que, sobre las cambiantes luces de aquella superficie que esconde tanto prodigio, se desliza y vive el marino, ese héroe curtido por el sol y desposado con la mar, que se agita contento en su diminuta isla flotante, y alegre alienta en su buque, verdadero oasis en un desierto de agua.

Permitidme que admire un momento á ese hombre. Ninguna vida tan agitada como la suya, ninguna tan llena de combates; hoy le arrulla el viento, mañana le azotará; hoy le besa la ola, mañana quizás le sacuda y le hiera; vida que tiene algo de sobrenatural y extramundana, siquiera porque el hombre parece que abrevia el mundo y se aisla como en monasterio errante, siquiera porque se aparta de la tierra, como para perseguir esa línea fantástica donde se juntan y se besan el cielo y la mar, en ese misterioso espejismo, que se aleja á cada ola que pasa ó á cada minuto que cuenta el que lo persigue, en la celeridad del tiempo.