Y allá fué medio mundo, á sacarle á Momo los ojos, para que él le sacara versos.

Las compañías de zarzuelas le encargaban todas las seguidillas, peteneras y coplas alusivas y picantes de la temporada; no hubo ya pedidor de aguinaldo que no le pidiera versos graciosos, ni álbum que no llegara donde él en demanda de alguna chistosa redondilla.

También acudieron á Momo las cofradías en busca de poesías místicas. ¿Tenía gracia el nuevo poeta? ¿Eran leídos con avidez sus versos? ¿se reían las gentes con ellos, y por todas partes los repetían y los saboreaban con deleite? Pues que le saque unas décimas á las cinco llagas, que componga un villancico para los Santos Reyes, ó que haga un soneto acróstico para el Ángel Gabriel.

Complaciente y bondadoso como Dios lo hizo, apechugaba Momo con estos encargos, y sacaba versos de aquella enmarañada y varonil cabeza, como quien saca agua de un pozo manantial.

Y ahora pregunto:

¿Deben atribuirse á esta tremenda gimnasia, los evidentes progresos de Momo en el arte de la versificación?

Yo, por lo menos, me inclino á creer que esto ha debido contribuir en gran parte al desarrollo de sus excelentes disposiciones para el cultivo de la poesía lírica. Lo cierto del caso es que Momo versifica ahora con admirable facilidad, que maneja bien la rima y que su dicción iguala en espontaneidad y soltura á la del mejor de los poetas portorriqueños.

En los primeros años el instrumento poético de Momo fué consecuente con la significación mitológica de su seudónimo, y no sonaba en él más que la cuerda festiva; pero el pasar de los años, las amarguras de la experiencia y la penosa impresión que dejan siempre en las almas sensibles las desgracias de la patria, fueron poniendo en tensión otras cuerdas importantes, y ya le falta poco para poseer el registro completo. Sus composiciones tituladas La Lengua castellana, ¡Á la fiesta!, ¡Sálvanos, madre!, Lázaro, y Redención, demuestran hasta qué punto el diablillo juguetón y despreocupado de La Balanza ha podido elevarse en la escala del sentimiento patrio, de la elegía bien sentida y vibrante, y de un subjetivismo ingenuo y melancólico, que hace recordar en cierto modo la doliente y amable sinceridad de Alfredo de Musset.

En algunas de estas producciones aparece ya el poeta de alto sentido social, que se sale de sí mismo, que se olvida de su risa y de su humorismo propios, para sentir el dolor ambiente, la desgracia de los que le rodean; é inspirándose entonces en los diversos estados del alma popular, interpreta y expresa en sugestivas estrofas el pensamiento colectivo, las esperanzas, las tristezas ó los anhelos de las multitudes. Enmudece entonces en él la nota festiva y riente, y ora prorrumpe en gritos de protesta contra lo que considera indigno, ora nos canta, como Richepin, la canción melancólica de los desgraciados.

Posee, pues, en alto grado el don de la sensibilidad, sin el cual no hay poeta posible; pero pasada en él la impresión aguda que crea esos estados de ánimo capaces de producir el ardiente soplo de la inspiración lírica, su espíritu, naturalmente regocijado y apacible vuelve á producir notas alegres, como vuelve la palmera al movimiento dulce y juguetón de sus graciosos abanicos, después de haberlos agitado con violencia dolorosa á impulsos de una breve racha del vendaval.