Á fines del año 1913, cuando los amigos y admiradores de Cortón empezaban á impacientarse por la tardanza del nuevo libro de la serie comenzada, llegó de Madrid la noticia de haber fallecido allí, á los 58 años de edad, aquel esclarecido escritor portorriqueño.
Murió pobre, pero deja á su patria una viuda que le llora, un hijo inteligente, menesteroso de recursos para continuar su educación, y un nombre digno de figurar honrosamente en la Antología portorriqueña.
El gracioso artículo siguiente pertenece á su libro Pandemonium.
SARASATE
No tengo que reprocharme el haber dado nunca el nombre glorioso de artista á cualquier rascatripas, por el mero hecho de gastar melenas ó de exhibirse todas las noches en el Paraíso del teatro de la Opera. No creo, por lo tanto—y en esto me opongo al parecer de algunos maestros—que sea un timbre de gloria, digno de perpetuarse en los anales de la provincia, el que uno de sus hijos, residente en la corte, haya formado dignísima parte de la orquesta de uno de sus teatros líricos. Porque, artista, en la verdadera acepción del vocablo, es el compositor, el creador, no el ejecutante; no el que interpreta, con mayor ó menor fidelidad, la obra ajena, sino el que extrae de su cerebro la idea musical y le da forma en el pentágrama. No es posible calificar con un mismo nombre ni comprender en una misma categoría á Stradella, Cimarosa, Pergolese, Rossini, los grandes melodistas, á Palestrina, Händel, Bach, Beethoven, los armonistas, y á la Patti, la Nilsson, Gayarre, Sarasate y Monasterio, los grandes intérpretes. Y aun dentro de la creación, de la composición artística, hay jerarquías diversas y múltiples, que nacen de la mayor ó menor transcendencia de la obra de cada uno; que no es lo mismo componer, verbi gracia, la sinfonía pastoral de Beethoven y las romanzas de las zarzuelas del plagiario Gaztambide, como no son lo mismo tampoco, en la esfera de la pintura, un paisaje de Beruete y el maravilloso Cristo en la cruz, de Velázquez.
Al paso que vamos, todos los españoles, dentro de poco, seremos artistas sin saberlo. Porque aquí llamamos artista al bailarín, al acróbata, al torero, al fabricante de cerillas, al domador de fieras y al que hace sonar las campanas en la torre de una catedral ó el organillo en cualquier cosmorama de feria. Y no de otro modo que allá en mi aldea los astrónomos dieron en llamar sol, estrella y hasta creo que vía láctea á Canuta Pérez, sólo porque cantaba y gemía, con voz más dulce que el guarapo, algunas piezas de Norma, aquí en Madrid, donde se murió casi de hambre Narciso Serra, se reservan las ovaciones y con ellas las monedas de cinco duros para el tenor Gayarre, en cuya garganta prodigiosa parece que anida el pájaro azul que entona el himno de la redención de la patria. Gayarre, esa celebridad europea, esa gloria nacional, como sus amigos y devotos le llaman, es un antiguo herrero de las provincias vascongadas, sin cultura, sin formas sociales, casi sin entendimiento. Á pesar de esto, ¡con cuánta emoción le hemos oído aquellas suaves notas de la inmortal salutación de Fausto á Margarita: Permettereste á me....! ¡Qué eléctrica chispa de emoción cundía por todo el Paraíso cuando murmuraba, en actitud de bailar un rigodón, aquella frase: Ja sorge il di....! Pero no llevemos nuestro entusiasmo hasta el punto de arrojarle al escenario coronas de laurel; las coronas son para las cabezas y el cantante sólo trabaja con la garganta y con la boca; tengamos, pues, para el cantante un collar de perlas ó una dentadura de oro, para el torero un par de cuernos, para el acróbata una bala de cañón, para la bailarina unas zapatillas, ó, si le pareciera poco, unas botas de montar. Y no les pidamos gollerías... No pidamos, por ejemplo, á Gayarre, hombre sin instrucción alguna, que sepa interpretar, en el pentágrama de Gounod, el pensamiento filosófico del viejo doctor alemán, rejuvenecido por la musa de Goethe, ni pretendamos tampoco que, comprendiendo las metafísicas algún tanto locas de Wagner, entienda que pueda conseguirse la expresión de tipos y de caracteres por medio de trémolos sobre la cuerda del violín. Para comprender eso necesitaría el cantante... poca cosa... ser artista.
No puede ocultarse que á las veces hay una obra personal en la interpretación, y que el artista—si damos este nombre al cantante, al cómico y al instrumentista—suele tener, de raro en raro, el derecho de decir que él ha creado un papel puesto que se lo apropia, poniendo en él su alma y su inteligencia é infundiéndole su propia sangre. Sin elevarnos hasta Rachel, la Ristori, Talma, Romea, Rossi, Coquelin y la divina Sara, puede asegurarse que al talento de Vico, nuestro insigne actor, débese en gran parte el éxito de muchos dramas de Echegaray, más feos que el no tener.
Lo que no ofrece sombra de dudas es que, si bien cualquier tenorcillo de la legua puede interpretar, si á mano viene y casi con perfección absoluta, el tipo de Guillermo Tell, un aldeano patriota, el de Otelo, un africano celoso, y hasta, en caso de apuro, el de Don Juan, un burlador impenitente, en cambio, no todos los tenores de primera línea pueden salir airosos en la interpretación del carácter de Fausto, el filósofo á lo Hegel, del tipo de Hamlet, el sombrío escéptico, del tipo de Poliuto, el mártir de la fe religiosa. De mí sé decir que cuando Berlioz, el potente colorista del sonido, me transporta, en su fulgurante corcel, con fatigoso movimiento al abismo de la Damnation de Faust, veo allí mejor el laboratorio obscuro del doctor alemán y oigo allí después con más deleite la errante cantinela de la Pascua florida que en la obra inmortal del maestro Gounod, porque la concepción del poeta y la idea, las líneas melódicas del músico suelen ser casi siempre mejor interpretadas por el violín y por la flauta que por la parlera garganta de algún tenor coreográfico, maniquí con sombrero de plumas, que no comprenderá nunca la razón de que Fausto se devanase los sesos esclareciendo el oculto sentido de la primera frase del Génesis. Con respecto á las cantantes hembras, soy algo más benévolo. Tengo mis razones... Toda mujer, por muy tiple ó muy soprano que sea, lleva siempre dentro de sí misma algo de la inocente Margarita, la pequeña Eva alemana, Sibila del amor, eternamente feliz en su modesto jardincito, con su oráculo de flores. Las mujeres que viven con aérea vida en el mundo del arte y que surgieron vestidas de blanco del manantial del llanto del poeta, ó bajaron desprendidas del astro piadoso que alumbró las veladas febriles del músico para evaporizarse en el sonido y pasar del pensamiento al ensueño, ora revoloteando en los labios, ora permaneciendo aprisionadas en el mármol y el lienzo, y siempre envueltas en la nube de una existencia ideal; las mujeres de la leyenda y del arte, Ofelia, Desdémona, Julieta, Margarita, Elena, Aïda, Ifigenia, Clarisa, Leonora, son, sobre todo, representaciones sinceras del Eterno femenino, creaciones sencillas, cuya interpretación puede hallarse y se halla, en efecto, al alcance de cualquier alumna del Conservatorio de Madrid.