He apuntado la idea y no la retiro; á pesar de poseer mayor suma de recursos y medios el instrumento humano que se llama tenor ó barítono, yo no he saboreado las verdaderas notas de Gounod, hasta que he oído la otra noche las divinas notas del violín de Sarasate. ¡Sarasate! Perdóneseme que no pueda escribir este nombre sin ver reaparecer bajo mi pluma esa figura de un gran intérprete musical, el más completo que he conocido. Actualmente recorre en las regiones andaluzas un camino triunfal, después de haber sido aplaudido y festejado, con entusiasmo frenético, en Madrid, donde se presentó por última vez al público en un concierto celebrado á beneficio de la Asociación de escritores y artistas. Ese concierto tiene una historia que hace honor al gran violinista. Como España es tierra donde germina y se desarrolla esa pasioncilla inmunda que se llama la envidia, no es extraño que un español como Sarasate, que nació bajo el influjo de bienhechora estrella y que ha llegado á ser en toda Europa el ídolo de un pueblo de almas, despertase en la tierra donde nació rencores de esa gentecilla, que, impotente para acercarse á la gloria, tiene un insensato placer en amenguar la gloria ajena. Unos cuantos rascatripas y sopladores, de esos que tocan el violín y la flauta en el café ó en el circo ecuestre, armaron contra Sarasate terrible conjura; y no atreviéndose á decir que Sarasate maneja mal el "stradivarius," le llamaron en obscuros artículos anónimos, mal español, sosteniendo con error indiscutible, que había renunciado á su nacionalidad; y le llamaron avariento, tacaño y ambicioso, acusándole de cobrar el cincuenta por ciento de los productos de los conciertos en que trabajaba. Sarasate respondió á esas acusaciones ofreciéndose á trabajar de balde en un concierto á beneficio de la Asociación de escritores y artistas.
Yo le había oído muchas veces pero nunca me ha entusiasmado tanto como aquella noche. Los artistas italianos del Renacimiento, con el mal gusto propio de la época, eran muy aficionados á pintar ángeles tocando el violín. Yo me acordaba de aquellas figuras, aguzando el oído y cerrando los ojos para no ver las melenas y los bigotes de guardia civil que gasta Sarasate. Porque si existiera el cielo de Mahoma ó de Cristo, sólo allí debería escucharse algo parecido al celestial gorjeo del violín de Sarasate.
Diderot ha escrito: "Para que el artista me haga llorar, es preciso que él no llore." Nada más exacto, pero también es preciso que haya llorado. Su emoción individual debe convertirse en emoción artística y la interpretación animarse con el eco de sentimientos experimentados y desaparecidos. Las lágrimas no deben salir á los ojos del intérprete; pero debe tener lágrimas en el instrumento. Gracias á esa transformación, Sarasate ejerce sobre el público una acción magnética, que repercute sobre sí mismo. "Si el público supiera—suele decir—cuanto puede obtener de nosotros con sus aplausos, nos mataría." ¡Oh, bien lo ha probado el infeliz! En todos sus conciertos, apenas termina la última pieza clásica del programa, ya está el público pidiéndole á grito pelado, la indispensable propina de siempre, es decir, los aires populares españoles, la jota aragonesa, la muiñeira, la petenera, el zorzico, etc. Y aquí se comprueba la modificación que hice á la frase de Diderot. El artista debe sentir siempre lo que ejecuta. Si en el corazón de Sarasate no estuviese viva la llama del sentimiento patriótico, ¿qué mérito tendría la jota aragonesa por él ejecutada? Un violinista ruso ó teutón no podría herir acaso, con esas notas, nuestro sentimiento artístico. Ese aire popular que tiene tantos títulos de gloria como la Marsellesa canturreado, con voz aguardentosa, por un gañán, al conducir sus bueyes al establo, no es fácil que despierte emoción estética alguna; pero, al rozar las cuerdas del violín de Sarasate, ese aire popular, que unas veces gime y otras ruge y siempre expresa el sentimiento de la patria, nos transporta en alas de la fantasía á la falda del Moncayo y á la orilla del Ebro, ó allá donde murieron de amor Isabel y Marsilla, y evoca en nosotros el recuerdo del épico suicidio de Zaragoza, y nos hace asistir á las sencillas fiestas de las aldeanas en honor de la más patriota de las Vírgenes, la Virgen del Pilar.
Pues ¿y dónde dejamos la muiñeira? Yo no tengo el honor de ser gallego. Pero, declaro sinceramente que la muiñeira hubo de causarme siempre una emoción profundísima. Yo se la he oído á Sarasate, no sólo en Madrid, sino también en la misma Coruña, y puedo asegurar que nunca he presenciado una ovación tan imponente.
Cuando algún tiempo después de haber oído la muiñeira en Galicia, se la volví á escuchar la otra noche á Sarasate, vino á mi memoria la zagala rústica que sentada sobre la piedra del lar humilde ó cargando en sus fornidos hombros el saco repleto de centeno y maíz, ó comprimiendo con sus manos de color de arcilla las gruesas ubres de la vaca, ó partiendo en el monte el espinoso tojo, no bien oye á lo lejos el gemido agreste y melancólico de la gaita y el regocijado son del tamboril y del pandero, suelta la hoz de la siega y loca de alegría, llama á sus rapaces y se pone á bailar con ellos la tradicional muiñeira, pegando sendos y descompasados brincos á la sombra del castañar hojoso....
Aquélla, aquélla es la misma muiñeira de Pablo Sarasate, tocada por el autor y acompañada al piano por su secretario mein-herr Otto, un alemán que le sigue en todas sus excursiones artísticas y que á fuerza de escuchar el canto saudoso, ya dice como cualquier gallego vagabundo á la orilla de extranjeros lagos:
"Airiños, airiños, aires,
airiños da miña terra,
airiños, airiños, aires,
¡airiños, leváime á ela!"