Al entrar en mi casa, á descansar de la brega cotidiana, oí con negligente oído que me recomendaban la lectura de un artículo literario, «muy bien escrito,» que expresamente me habían dejado sobre mi mesa de lectura.

Á ella acababa de sentarme, cuando la víctima menor de mis extremos paternales abrió la puerta de mi toma-café, se me sentó en la falda, me sobornó con un beso, y me pidió un barco de papel.

Tendí el brazo, tomé el primer papel impreso que hube á mano, le arranqué un pedazo, saqué las tijeras que, para ese y otros oficios de padrazo, llevo siempre en un bolsillo, y recorté lo mejor que pude un cuadradito. Lo doblé primero en un doblez rectilíneo; después, en dobleces angulares; en seguida, en rebordes muy simétricos; luego, en dirección de fondo á borde; acto continuo, en repliegues de adentro para afuera, y tomándolo gloriosamente, y mostrándolo con aire victorioso á la atentísima sobornadora:—¡Ea!—le dije—un beso, ó no hay barco! Me dió el beso, le dí el barco.

II.

Y ¡qué barco...! Cuando lo echamos al mar en la jofaina llena de agua, y promovíamos con los dedos un oleaje, era de ver cómo la leve embarcación cabeceaba; orzaba, se iba de bolina; y ya con el viento en popa que salía de nuestro aliento, ya con furioso mar de proa, que producíamos agitando la jofaina, se balanceaba gallardamente, ó se estremecía de proa á popa, ó amenazaba írsenos á pique.

III.

No bastándonos nosotros mismos para ser á la vez tantas cosas, vientos de todos los cuadrantes, trepidaciones, oscilaciones, remos, velas, capitán, timonel y tripulación, fuímos al airecillo del balcón, que á ella se le ocurrió abrir de par en par, pusímonos á distancia para ver desde lejos nuestra embarcación, realizando así el concierto de la realidad y la idealidad, (que ¡las pobres...! viven desconcertadas en el mundo...), siendo realidad el barco visto, siendo idealidad las tiernas despedidas que dirigíamos á los imaginarios tripulantes.

IV.

Ya, sin saberlo, para el momento de las despedidas éramos muchos: primero que todos, el inseparable compañero de diabluras; enlazadas, detrás, en su contínuo abrazo la madre dilecta y la hija predilecta; más atrás, empujando para ponerse por delante, los dos más endiablados botafuegos que el sol de las Antillas ha ingerido en corazones y cabezas de muchacho. Faltaba sólo uno: es uno que ya está camino del porvenir, que es un camino muy áspero, muy cuesta arriba, muy sin horizonte, muy sin luz, sobre todo, en la América del Sud. Y suspiramos.