—¡Verdad! "Cuba libre", en la América del Sud, suena como "Creta" en la Europa del Norte.
Ya estaba convenido: se llamaba La Gaviota, y navegaba con rumbo á Cuba libre.
Entonces hubo una algarada de alegría que acabó en una algazara de entusiasmo. Todos querían embarcarse para Cuba.
La verdad es que, así á la lejanía, y desde la oscura penumbra, cielo cerrado, atmósfera de hielo, soledad de desierto, desde donde la contemplábamos, la radiante nave, bañada á fondo por el sol, sostenida en un mar libre, caminando hacia la luz, era una tentación.
Ya estábamos en dirección á bordo, cuando un portazo dió al traste con el mar, con el barco y con el propósito de embarque.
Una vez, caminando por una de esas costas, desde lejos habíamos visto como un esqueleto negro abandonado á la orilla de la playa. Al acercarnos, ¡qué triste! todos nos compungimos, era el esqueleto de un barco, era el testimonio de un naufragio.
La aflicción al imaginar la agonía de los náufragos, no fué más íntima que la sentida ahora al ver el naufragio del barco de papel.
El que primero llegó al lugar de la catástrofe, leyó en voz alta "La Gaviota."
—¿Cómo es eso? ¿Tenía el nombre en la borda, como las goletas de verdad?