Dos días después estábamos en uno de los locutorios del convento de... el padre Ambrosio y yo.
Colocado junto a la pared en que estaba la reja del locutorio, Amparo no podía verme.
El padre Ambrosio estaba sentado en un sillón delante de la reja cabizbajo y profundamente pensativo.
Yo, detrás de él a poca distancia, escuchaba con toda el alma en los oídos.
Oyose abrir una puerta, y luego un paso reposado de mujer, el crujir de un vestido, y luego el gruñido cariñoso e impaciente de un perro.
—¡Ah! ¿Es usted?—dijo Amparo.
—Sí, yo soy, hija mía, que vengo a sacarte del convento.
—Y ¿cómo? ¿Por qué? ¿Para qué?
—Tu protector conoce, como conozco yo, que no tienes vocación al claustro.