—Eso importa poco, porque tengo menos vocación al mundo.
—Tu protector comprende que has entrado aquí desesperada.
—No lo niego.
—Quiere que tu suerte sea menos triste.
—Eso depende de Dios.
—Pero Dios se vale de los hombres.
Guardó Amparo silencio durante un momento. Mustafá seguía abalanzándose a la reja y gruñendo.
—Yo no podía permanecer en la difícil posición en que me encontraba—dijo al fin ella—me veía expuesta a atrevimientos de todo género. No podía tener a mi lado más que personas extrañas... y luego... en fin... si el claustro es una tumba... es lo que me conviene... sufriré, concentraré mi dolor hasta que el dolor me mate... le sufriré resignadamente, y Dios me perdonará. Yo no puedo vivir como vivía, padre Ambrosio... no... no... era un tormento para mí... Dígale usted que yo le agradezco con toda mi alma el interés que por mí se toma. Que mi felicidad depende de un milagro de Dios, y que... dentro de poco ese milagro será imposible.
—Amparo—repuso con autoridad y con firmeza el exclaustrado—las exageraciones jamás producen buenos resultados. Empiezas a vivir...
—Yo creo que ya he vivido toda mi vida.